Dócil

Nací en una camada de seis; lo recuerdo bien, aunque a los pocos días de nacer me separaron de mis hermanos y hermanas. Mis dueños me eligieron porque parecía ser la más dócil de los seis. Eso lo decidieron tras realizar varias pruebas para comprobar mi agresividad o estado de alteración, y asumieron que mi falta de ganas para responder a sus juegos y travesuras era docilidad. Así que me llamaron Dócil desde el inicio, y yo seguí actuando de la misma forma, a mi manera.

Durante los siguientes cuatro ciclos me trataron como a una reina, aunque al final de ese período las cosas comenzaron a cambiar. Noté cómo la barriga de mi dueña crecía poco a poco y asumí que ella tendría una camada propia. No sabía cómo afectaría aquella situación a mi estatus dentro de la familia, de la que me había apoderado con docilidad y buenas maneras, pero continué actuando de la misma forma, intentando evitar excesos y agravios.

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Un nuevo Sol

Julius despertó atado de pies y manos sin recordar cómo había llegado a aquella situación. Después de varios días, de travesuras y borracheras, tampoco le extrañaba haber acabado atado de alguna manera; suponía que alguna de las últimas actividades como Saturnalicius princeps le habían llevado a algún lupanar para aprovecharse de sus privilegios.

Julius, hijo menor de una casa menor en Roma, había ganado el puesto de Saturnalicius princeps en una batalla dialéctica entre sus iguales, supervisada por los consejeros del mismísimo Emperador Calígula, Emperador que había extendido los días de festividad de las Saturnales a cinco, después de que su predecesor Aurelio lo hubiera reducido a sólo tres.

Así, durante esos días, el pueblo romano se había dado a la bebida, al disfrute y a los pequeños sacrificios disfrazados de ofrendas a los dioses, siendo sobre todo Saturno el beneficiado por todos aquellos regalos. Incluso los esclavos tenían algunas ventajas en su día a día, comparándolo con el resto de días del año.

Julius decidió dejar pasar el tiempo, deshaciéndose poco a poco de la resaca que lo acompañaba, pero comenzó a ponerse nervioso al ver que la noche se acababa y que nadie venía a soltarle de sus grilletes.

Poco antes del amanecer, dos mancebas llegaron y pusieron sobre un cathedrum, parecido a una silla con respaldo aunque con total ausencia de detalles, la toga clásica con la que vestían los romanos en el día a día. Esto llevó a pensar a Julius que todas las festividades habían acabado, pues durante las Saturnales sólo vestían con la synthesis, una ropa más informal.

Después, las mancebas soltaron las presas de Julius y le indicaron que se limpiara con el agua caliente que también habían traído y se vistiera para el fin de la festividad. Julius, aunque no había sido informado de tales procedimientos antes de hacerse con el cargo temporal, no puso objeción; se limpió como pudo y se vistió lo mejor posible, entre trago y trajo del vino dulce que le habían traído también. Cuando estuvo listo, las dos mancebas accedieron de nuevo a la habitación y le invitaron a seguir tras ellas.

A través de diversas callejuelas y túneles, Julius llegó a una estancia cerrada, iluminada en las cuatro esquinas con lámparas de aceite y con una ventana en el techo que hacía que toda la luz que entraba fuera dirigida al lectus funebris situado bajo ella. En ese momento Julius sintió cómo un gran peso se situaba en su estómago e intentó buscar una rápida salida de aquella habitación; la tecnología que dirigía la luz del incipiente amanecer era totalmente desconocida para él, pero lo que más miedo le hizo sentir fue el lectus funebris, ya que era la cama utilizada para llevar los cadáveres a la pira.

No encontró salida alguna y decidió empezar a controlar su respiración, calmándose con ello poco a poco.

Cuando se hubo calmado aparecieron dos sacerdotes, uno vestido como lo hacían las representaciones de Saturno, y la otra con los hábitos de Vesta, su hija.

–Hoy es tu último día como Julius –dijo el sacerdote–. Pero no te pongas nervioso, no es tu último día entre nosotros.

La sacerdotisa se acercó a él y lo calmó con unas caricias en el hombro.

–Estás aquí como sacrificio, es necesario para que el nuevo Sol que nace, pueda seguir haciéndolo en los años que vendrán –dijo ella en un susurro.

Julius, incapaz de articular palabra, solo miraba alrededor, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas por el miedo y la tensión. Entonces, la sacerdotisa vertió un denso líquido en las lámparas de aceite y el ambiente comenzó a relajarse, la tenue luz comenzó a ganar en viveza, en nuevos colores y el olor fresco a hierva recién cortada inundó los sentidos de los tres que estaban en la habitación.

–Quedan solo unos momentos para que nazca el nuevo Sol. Las noches comenzarán a ser más cortas y los días más largos –dijo el sacerdote.

–Quedan solo unos momentos para que comience tu sacrificio. Tu conocimiento se expandirá y tus capacidades guiarán desde las sombras al resto de humanos –dijo la sacerdotisa.

Entre los dos forzaron suavemente a Julius a que se reclinase sobre el lectus funebris y un rayo de luz densa y líquida cruzó el techo sin difuminarse por la humareda que comenzaba a cubrir la habitación, acertando de lleno en la frente de Julius.

–El velo sobre tu mente se va a difuminar, y pese a que eres socialmente uno de los personajes más bajos entre las familias nobles de Roma, serás grande con el tiempo. Este sacrificio, desde el que renacerás, hará que nuestra organización siga manteniéndose en la sombra, dirigiendo y protegiendo a nuestros congéneres. El secreto que deberás guardar no está hecho para todos los hombres y mujeres que comparten el momento con nosotros. La energía que vas a aprender a controlar llevará tu entendimiento al límite, y tu espíritu deberá doblarse y forjarse para poder controlar su poder –completó el sacerdote.

Mitte potentia. Rubrum luminaria in via. Mitte potentia. Rubrum luminaria in via. Mitte potentia. Rubrum luminaria in via. ¡Mitte potentia. Rubrum luminaria in via!

La luz de la habitación se tornó roja con las palabras recitadas en un susurro por la sacerdotisa, y poco a poco se fue convirtiendo en hilos que se fueron trenzando con el rayo de luz que surgía desde el techo hasta la frente de Julius.

–Un nuevo Sol, un nuevo adepto, un nuevo protector –respondió Julius, con unas palabras que estaba pronunciando sin saber de dónde venían–. Acepto el sacrificio de una larga vida bajo las órdenes de la energía regidas por vuestro consejo, en favor de perpetuar el nuevo Sol, la transmisión del conocimiento y la protección de las viejas costumbres ocultas.

–Y nosotros aceptamos el sacrificio de guiarte, de enseñarte y de protegerte en este nuevo camino dentro de nuestras filas –respondieron dos dos sacerdotes a la vez–. Tenebrae minuantur. Illuminet nos lux infinita –recitaron.

La oscuridad brotó del cuerpo de Julius y se hizo densa, como una canica de mármol negro. Después la luz del techo se hizo más fuerte e inundó su cuerpo.

La sacerdotisa capturó la canica oscura del aire e invitó a Julius a que se levantara. Después posó la canica en el lugar en el que él había estado tumbado.

El sacerdote recitó unas palabras inaudibles y la canica negra explotó en miles de partículas de polvo negro que cubrieron todo el suelo, pavimentado ya antes de cientos de miles de partículas similares fundidas con la misma piedra.

El sacrificio había concluido. Julius había muerto. Julius había nacido.

El anterior relato pertenece a las historias perdidas de los primeros Consejos. Para saber más obre El Consejo de los actuales días y sus aventuras podéis leer en El Consejo – Edición Completa. En edición digital y tapa blanda en amazon.

II Concurso de relato corto de Terror de ZonaeReader

Como suele pasar cada cierto tiempo, últimamente una vez al año, la web de ZonaeReader comienza un nuevo concurso de relatos.

Esta vez, y tras haberlo votado entre todos los participantes de la web, la temática del concurso será de Terror.

IICRT

Las bases de la convocatoria se pueden ver aquí: BASES

En este concurso se ha optado por modificar la forma de votar, y se ha introducido un formulario para realizar las votaciones de manera más ágil, que se puede ver desde aquí: FORMULARIO VOTACIÓN

En el foro, se podrán encontrar todos los relatos aquí: RELATOS

Y ya, para finalizar, apuntar un artículo de esta misma web en el que hablo de las características de los relatos o cuentos de terror, por si queréis refrescar la memoria.

Unión o disolución

Allá por los albores del siglo veintiuno,
cuando por la humanidad no se daba un duro,
el planeta nos estaba dando muy muy duro
por haber estado pateándolo como un burro.
Tan fuerte fue el golpe dado por el planeta,
que mandando un pequeño virus por ciudadela,
asoló e infectó de cada cien una treintena
y creyó salir vencedor de tan siniestra verbena.
Demasiados cayeron en cruenta batalla,
otros sufrieron agravios físicos por semanas
y los menos mantuvieron compostura sana.
Pero todos lucharon al límite de sus fuerzas
buscando soluciones, cada uno con sus entendederas,
para poder eliminar del planeta amenazas veras.

¿Que quién fue el descubridor de la solución,
es lo que os estaréis preguntando con fruición?
Intentaré despejar en este texto sin dilación
al creador de tan bellaca redención.
No habría aún seis mil millones de humanos
cuando al mundo llegó este ciudadano
que entre cables y bits creció rodeado
mientras el mundo igual se iba moldeando.
De las artes oscuras de las red y los teclados
aprendió por su cuenta, o a veces ayudado,
no contemplando nunca un futuro airado.
Decidió labrarse un digital futuro
y también contempló ver nacer fruto
en lo analógico pese a su desuso.

Por lo tanto nuestro héroe, sin nombre conocido,
de aquella época fue un extraño híbrido
entre las nuevas y antiguas tecnologías crecido
para poder sobrevivir a un futuro mal creído.
Otros había que atesoraban tales virtudes,
pero muchos sin intentarlo acabaron en ataúdes
o justo cuando los llamaban a triunfar los laúdes
habían dado escusas pobres y cutres.
Nuestro anónimo, de batallas compañero,
nunca rehusó permanecer en la linea el primero,
siendo siempre inasequible al desaliento.
Llevando además por distinción la ferocidad
como símbolo de los de su misma patria
hasta erradicar al mal del mundo su último día.

Y con esto ya os he contado como acabó todo
aunque aún no sabéis los polvos de aquel lodo
que comenzaron cuando un día no hubo modo
de frenar a un planeta recién creído bobo.
Pues un día murieron mil del mismo mal
y al día siguiente diez mil se sintieron fatal
y muchos creían que era circunstancia especial
y que solo los tocaría de forma tangencial.
Pero algunas cabezas pensantes vieron un patrón
y sintieron cierto terror, incluso pavor,
al ver que no se intentaba frenar a tal matón.
Y aún sin conocer el rostro del enemigo
intentaron buscar solución, no solo ser testigo
para la última gran catástrofe del mundo conocido.

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El sueño del martillo

He visto sangre cubriendo mi cuerpo, mezcla de antiguo material orgánico y de duro acero forjado a base de miles y miles de golpes. He escuchado un crack, intuyendo las ondas de choque a través de los poros de mi mango, que en otro momento fue madera viva. He notado el calor, corriendo por mi astil y mi cabeza, deslizándose pastoso por todo mi cuerpo, tiñéndome el pulido barnizado de un denso rojo.

Y aún así, aquí sigo tirado, esperando a que mi amo venga a reclamarme, estático en el suelo, junto a un par de ancianas pelusas, que no dejan de maldecirse entre ellas por su suerte, y una corroída gubia que lleva tiempo sin entrar en su objetivo como cuchillo caliente en mantequilla.

Espero, duermo más que vivo, busco una misión cuando un rayo de luz se refleja en mi brillante cabeza, esperando a golpear con ella cualquier cosa que se ponga por delante. No llega el día, el momento se hace esperar, y entre sueños sigo viendo mi destino, escuchando cómo llega de golpe, sintiéndome deslizar por la mano de mi amo a causa de la súbita humedad.

¡Crack!

¡Crack!

¡Plof!

Lo noto, ya llega el momento, la puerta se abre y la luz comienza a rodearme, la puerta chirría y se cierra de un golpe. Mi amo parece malhumorado, hoy es el día. Sé que hoy es el día. Se acerca a mí, la vibración del aire anuncia tormenta. ¡Sí! Me acaba de coger, por fin voy a abandonar a las dos viejas y agriadas pelusas. ¡Adiós, desgraciadas!, pienso cuando comienzo a viajar a una velocidad superior a la acostumbrada. Salimos del taller. ¡Voy a cumplir mi sueño!

No entiendo lo que grita mi amo, pero está cara a cara con alguien mientras que me tiene alzado en el aire con gesto amenazante. Ya llega. La velocidad aumenta súbitamente y desciendo como si descendiera sin frenos en una montaña rusa.

¡Crack!

¡Crack!

¡Plof!

Vuelvo al suelo cubierto de un líquido rojo, creía que sería más denso, pero es acuoso, y me cubren restos de una piel del mismo tono.

¡Mierda! Ha sido un tomate.

Tomate
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