Tumbado

Tumbado

Después de quince minutos de lucha, al final, acabé con ella.

Al principio no quería que la situación terminara así, pero mientras más intentaba que se fuera, procurando no hacerla daño, más se quedaba; más adentro de la habitación se movía.

Era pequeña, o grande, no sé muy bien cuál será el tamaño estándar para una salamanquesa, ésta medía unos 10 o 12 centímetros de piel gris pardusco con pequeños bultos de color negro recorriendo todo su cuerpo. Sus ojos también eran negros, estaban a los lados de su cabeza achatada y triangular y parecían estar prestando atención a todo lo que ocurría en aquella habitación de hotel, de paredes cubiertas con papel azul claro y detalles marrones. Su cola no se movía un ápice para mantener la vertical en la pared sin riesgo de desprenderse al suelo.

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Ritmo ¿Cómo aplicarlo a la novela?

En el artículo sobre cómo organizar una novela hablaba muy ligeramente sobre el ritmo, o la onda del mismo, pero lo dejaba ahí:

…de en qué punto de la onda queremos que se encuentre el capítulo en cuanto al ritmo que queremos aplicar en la novela.

Ahora llega el momento de explicar a qué me refiero. Lo haré comparando el ritmo de un relato con el de una novela, todo desde mi punto de vista.

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El gato, las galletas y el botijo

El gato, las galletas y el botijo

Sobre todo, lo que más suele pasar cuando te encuentras en una calle oscura una noche de lluvia, es que te asustes ligeramente si de repente se te cruza algún animal, como una rata o un gato; si éste además te habla, el susto es morrocotudo.

Eso me pasó a mí hará unas dos semanas, y desde entonces no he sido capaz de vivir un día normal. El hecho de cruzarme con un gato, como fue el caso, y que éste me hablara, ya supuso que me preguntara por mi propia salud mental; los hechos que ocurrieron a continuación, me trajeron al momento y al lugar en el que me encuentro ahora.

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Olor a lápiz

Olor a lápiz

El olor a lápiz, a madera recién afilada que muestra su corazón de grafito, me lleva inmediatamente a la silla de la escuela, con patas de metal pintado de verde, con respaldo y asiento amarillos, a la mesa pintada de manera similar, con su bandeja de varillas color marrón, al aula en la que había pasado los primeros años de aprendizaje en mi infancia.

Vuelvo a estar allí, frente a la pizarra, con una tiza blanca entre los dedos, intentando dibujar los ríos que riegan y dan vida a la península, indicando dónde nacen y dónde van a descansar.

Frente a mí, los compañeros de la niñez, con los que había jugado al fútbol y a la peonza, con los que había tirado piedras y petardos y con los que había compartido trastadas y huidas. No habían cambiado, tampoco yo.

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Jurado popular

Jurado popular

Venid nietos, que hoy toca una historia de terror, con las que tanto os divertís pese a las pesadillas que os generan. La historia que os voy a contar ocurrió hace unas décadas, en los albores de las redes sociales, cuando compartir cultura era una moda, mucho antes de que la industria cortara de raíz las ansias que teníamos algunos de crear cosas, por el simple hecho de crearlas y compartirlas.

Por aquellos años eran habituales los concursos para noveles. De cualquier tipo: pintura, fotografía, escritura, etc. Yo no era especialmente bueno en ninguna de esas artes, pero aun así me gustaba participar. Compartir ideas mejor o peor desarrolladas hacía que me sintiera bien, más allá de poder conseguir premios, respeto o reconocimiento.

Esta historia en concreto nos sitúa en la primera década del siglo XXI. El concurso era de escritura del género de terror, lo cual hizo que muchas gentes de mente enferma o demasiado imaginativa y cruel presentaran sus relatos. El vencedor del concurso se fallaría por votación popular y los propios escritores del concurso decidirían quien sería el ganador, lo cual dotaba de cierto valor al mejor relato del concurso.

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