–Lento, Carlos, siempre lento y con altas cotas de sufrimiento. Un
tiro con bala de bajo calibre en el estómago, que la sangre se
mezcle con los residuos internos y se infecte el sistema completo
mientras que fenece de manera sucia, pidiendo clemencia y un tiro en
la cabeza que no llega, que vea con lágrimas en los ojos cómo nadie
hace nada por ayudarle a irse lo antes posible de este mundo…
–Pero esa
conversación fue privada, nadie hablaba en serio –comentó el
acusado mientras que la agente leía en su tablet palabras de una
conversación privada entre algunos compañeros del recientemente
fallecido.
El Señor Rata, como así llamaban en diversos círculos al occiso, no era su nombre real, solo un apodo que había ido acarreando, u obteniendo, en todos los empleos que había conseguido. Sin buscarlo, y sin saberlo, todos los compañeros le habían apodado de la misma manera, como si aquellas dos palabras, que coincidían con sus siglas, le vinieran como un guante.
El Señor Rata, había vivido siempre observando con mirada turbia desde su puesto de trabajo, no sabía lo que era el silencio stampa, y siempre había guardado información relativa a sus compañeros para utilizarla en su propio beneficio, cayera quien cayera, siempre que él pudiera ascender un peldaño en la escalera empresarial. Aquella manera de actuar le había llevado a vivir solo, y no por elección. Desde sus tiempos del colegio había sido dejado de lado por su forma de actuar, con bromas a destiempo, palabras fuera de tono, o comentarios anacrónicos. Solo había vivido y solo moriría.
Aunque la forma no
había sido la misma que la agente estaba relatando en aquellos
mensajes de texto que no deberían haber salido de su confinamiento
digital, se parecía demasiado como para dejarla pasar.
Su cuerpo frío había sido encontrado en el garaje de la oficina, junto a un pilar, con un charco de sangre que se había extendido por el suelo de manera lenta y consistente. El suceso había ocurrido un viernes, a última hora de la tarde, en un horario en el que el Señor Rata no debería haber estado por la zona. Las cámaras de seguridad no habían captado al asaltante, o si lo habían hecho, esa porción de la grabación había sido eliminada, y solo unos pocos podían, o sabían, alterar aquellas grabaciones.
–Sé que teníais
algo contra él –dijo la agente –. Todos en la oficina, e incluso
los que no trabajan desde aquí, teníais problemas con él, pero tú
eres el único que en algún momento habló de eliminarlo.
–Y tendría que
ser muy estúpido para hacer algo así, siendo el único que había
dado alguna opción. Además, a la hora a la que decís que sucedió
todo yo estaba bastante lejos de la oficina. Seguro que podéis
triangular mi posición con el móvil en ese periodo temporal
–respondió el acusado dando una coartada fácil de comprobar.
La agente se quedó
mirándolo durante unos segundos, sabiendo que él no había hecho
nada, pero sin ningún otro hilo del que tirar para dar con el
culpable, salvo el arma homicida.
–Hemos encontrado
tus huellas en el destornillador con el que fue asesinado.
–¿Solo mis
huellas? ¿Qué destornillador?
–Mango azul, de
estrella, unos 25 centímetros de longitud.
–Creo que sé de
qué destornillador hablas, ¿tiene un corte en V en la zona del
mango? Las herramientas suelen estar en un cajón, disponibles para
todos los empleados. Ese destornillador lo cogió nuestro jefe, junto
con unos alicates de corte pequeños, hará unas dos semanas. Dijo
que lo necesitaba para un proyecto y no puse objeción, es el jefe de
todo el departamento. Pero no me has dicho si las mías son las
únicas huellas, ese destornillador lo habremos usado tres o cuatro
personas antes de que se lo llevara.
Otro silencio denso
mientras que la gente movía los informes en la tablet buscando
aquella información.
–¿Cómo te llevas
con tu jefe?
–Nos soportamos.
–Sí, solo estaban
tus huellas –respondió la agente –. ¿Son estos los alicates que
has comentado? –dijo mientras le enseñaba una fotografía tomada
en la sala de servidores del edificio de oficinas, y con restos de
sangre.
–¿Donde los han
encontrado?
–En el edificio,
en un CPD que usan los responsables de la seguridad.
–Entiendo, ahí es
donde guardan las grabaciones, tienen un viejo robot de cintas, por
eso me estáis acusando, no sabéis quién ha sido porque se han
llevado las grabaciones. ¿También tiene mis huellas?
–No, están
limpios de huellas.
–No querría hacer
vuestro trabajo, pero quizá debáis preguntar a quien tenía el
destornillador, los alicates, y además, unas huellas poco marcadas.
Tiene que entrar con clave en la oficina, en lugar de con el
dispositivo de huellas, porque este es incapaz de leerlas. Aunque no
creo que fuera capaz de enfrentarse a nadie, es bastante cobarde,
solo podría haberlo hecho atacando por la espalda –dijo el acusado
–. Lo siento, no quiero despistarlos. Creía que se llevaban bien,
estaban medrando juntos en la empresa y se contaban confidencias…
Otra pausa tensa, en la que se podía ver que la agente estaba pensando concienzudamente en las pistas y en la reciente conversación. El jefe del acusado no había aparecido por la oficina, había llamado el día antes diciendo que se encontraba indispuesto. Además, era el único de la oficina que tenía posibilidad de acceder al CPD donde se habían encontrado los alicates, y el asesinato, aunque no había trascendido, había sido por la espalda. Al Señor Rata lo habían apuñalado desde la retaguardia dos veces, una en el cuello y otra en el costado izquierdo. La altura de las puñaladas indicaban que el asesino no pasaba de 1,65 metros de altura, y el detalle de las huellas hacía que todas las piezas encajaran. Además, él había sido el que había proporcionado el texto del chat privado.
–Guardia,
liberadlo, no es el culpable –dijo la agente –. Creo que le han
tendido una trampa. ¿Hemos podido dar con su jefe?
–Sí, lo acaban de
encontrar en su casa de vacaciones, parece ser que se ha suicidado.
Según el estudio preliminar no lleva ni dos horas muerto.