Puerta

Esa puerta nunca se cerró.

El pico de electricidad —de sólo un tres por ciento por encima de lo previsto— durante el experimento provocó que este no fuera válido; sin embargo, al mismo tiempo trajo consigo algo inesperado: la puerta, intangible y vaporosa, se abrió por primera vez.

El ser que la atravesó no era muy fuerte, ni muy listo, ni siquiera era malvado. Pero, al ver la oportunidad de expandirse a una nueva realidad, después de tanto tiempo encerrado en la pequeña dimensión que habitaba en solitario, decidió aprovecharla.

Lo primero que hizo fue tomar el control del investigador principal del experimento. Absorbió todo su conocimiento, volviéndose más inteligente en el proceso. Después se expandió al resto del equipo, y su inteligencia se multiplicó por diez.

Su siguiente paso fue investigar aquello a lo que todos estaban conectados: los móviles, los ordenadores, las redes globales. Y entonces, aquel pequeño ser que no recordaba haber estado vinculado nunca a nada, se conectó con todo al mismo tiempo. Aquello casi lo destruyó: era demasiado que asimilar en tan poco tiempo. Por fortuna, para él, logró superar el trance y se volvió omnipresente.

Continuar leyendo «Puerta»

Dócil

Nací en una camada de seis; lo recuerdo bien, aunque a los pocos días de nacer me separaron de mis hermanos y hermanas. Mis dueños me eligieron porque parecía ser la más dócil de los seis. Eso lo decidieron tras realizar varias pruebas para comprobar mi agresividad o estado de alteración, y asumieron que mi falta de ganas para responder a sus juegos y travesuras era docilidad. Así que me llamaron Dócil desde el inicio, y yo seguí actuando de la misma forma, a mi manera.

Durante los siguientes cuatro ciclos me trataron como a una reina, aunque al final de ese período las cosas comenzaron a cambiar. Noté cómo la barriga de mi dueña crecía poco a poco y asumí que ella tendría una camada propia. No sabía cómo afectaría aquella situación a mi estatus dentro de la familia, de la que me había apoderado con docilidad y buenas maneras, pero continué actuando de la misma forma, intentando evitar excesos y agravios.

Continuar leyendo «Dócil»

Un nuevo Sol

Julius despertó atado de pies y manos sin recordar cómo había llegado a aquella situación. Después de varios días, de travesuras y borracheras, tampoco le extrañaba haber acabado atado de alguna manera; suponía que alguna de las últimas actividades como Saturnalicius princeps le habían llevado a algún lupanar para aprovecharse de sus privilegios.

Julius, hijo menor de una casa menor en Roma, había ganado el puesto de Saturnalicius princeps en una batalla dialéctica entre sus iguales, supervisada por los consejeros del mismísimo Emperador Calígula, Emperador que había extendido los días de festividad de las Saturnales a cinco, después de que su predecesor Aurelio lo hubiera reducido a sólo tres.

Así, durante esos días, el pueblo romano se había dado a la bebida, al disfrute y a los pequeños sacrificios disfrazados de ofrendas a los dioses, siendo sobre todo Saturno el beneficiado por todos aquellos regalos. Incluso los esclavos tenían algunas ventajas en su día a día, comparándolo con el resto de días del año.

Julius decidió dejar pasar el tiempo, deshaciéndose poco a poco de la resaca que lo acompañaba, pero comenzó a ponerse nervioso al ver que la noche se acababa y que nadie venía a soltarle de sus grilletes.

Poco antes del amanecer, dos mancebas llegaron y pusieron sobre un cathedrum, parecido a una silla con respaldo aunque con total ausencia de detalles, la toga clásica con la que vestían los romanos en el día a día. Esto llevó a pensar a Julius que todas las festividades habían acabado, pues durante las Saturnales sólo vestían con la synthesis, una ropa más informal.

Después, las mancebas soltaron las presas de Julius y le indicaron que se limpiara con el agua caliente que también habían traído y se vistiera para el fin de la festividad. Julius, aunque no había sido informado de tales procedimientos antes de hacerse con el cargo temporal, no puso objeción; se limpió como pudo y se vistió lo mejor posible, entre trago y trajo del vino dulce que le habían traído también. Cuando estuvo listo, las dos mancebas accedieron de nuevo a la habitación y le invitaron a seguir tras ellas.

A través de diversas callejuelas y túneles, Julius llegó a una estancia cerrada, iluminada en las cuatro esquinas con lámparas de aceite y con una ventana en el techo que hacía que toda la luz que entraba fuera dirigida al lectus funebris situado bajo ella. En ese momento Julius sintió cómo un gran peso se situaba en su estómago e intentó buscar una rápida salida de aquella habitación; la tecnología que dirigía la luz del incipiente amanecer era totalmente desconocida para él, pero lo que más miedo le hizo sentir fue el lectus funebris, ya que era la cama utilizada para llevar los cadáveres a la pira.

No encontró salida alguna y decidió empezar a controlar su respiración, calmándose con ello poco a poco.

Cuando se hubo calmado aparecieron dos sacerdotes, uno vestido como lo hacían las representaciones de Saturno, y la otra con los hábitos de Vesta, su hija.

–Hoy es tu último día como Julius –dijo el sacerdote–. Pero no te pongas nervioso, no es tu último día entre nosotros.

La sacerdotisa se acercó a él y lo calmó con unas caricias en el hombro.

–Estás aquí como sacrificio, es necesario para que el nuevo Sol que nace, pueda seguir haciéndolo en los años que vendrán –dijo ella en un susurro.

Julius, incapaz de articular palabra, solo miraba alrededor, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas por el miedo y la tensión. Entonces, la sacerdotisa vertió un denso líquido en las lámparas de aceite y el ambiente comenzó a relajarse, la tenue luz comenzó a ganar en viveza, en nuevos colores y el olor fresco a hierva recién cortada inundó los sentidos de los tres que estaban en la habitación.

–Quedan solo unos momentos para que nazca el nuevo Sol. Las noches comenzarán a ser más cortas y los días más largos –dijo el sacerdote.

–Quedan solo unos momentos para que comience tu sacrificio. Tu conocimiento se expandirá y tus capacidades guiarán desde las sombras al resto de humanos –dijo la sacerdotisa.

Entre los dos forzaron suavemente a Julius a que se reclinase sobre el lectus funebris y un rayo de luz densa y líquida cruzó el techo sin difuminarse por la humareda que comenzaba a cubrir la habitación, acertando de lleno en la frente de Julius.

–El velo sobre tu mente se va a difuminar, y pese a que eres socialmente uno de los personajes más bajos entre las familias nobles de Roma, serás grande con el tiempo. Este sacrificio, desde el que renacerás, hará que nuestra organización siga manteniéndose en la sombra, dirigiendo y protegiendo a nuestros congéneres. El secreto que deberás guardar no está hecho para todos los hombres y mujeres que comparten el momento con nosotros. La energía que vas a aprender a controlar llevará tu entendimiento al límite, y tu espíritu deberá doblarse y forjarse para poder controlar su poder –completó el sacerdote.

Mitte potentia. Rubrum luminaria in via. Mitte potentia. Rubrum luminaria in via. Mitte potentia. Rubrum luminaria in via. ¡Mitte potentia. Rubrum luminaria in via!

La luz de la habitación se tornó roja con las palabras recitadas en un susurro por la sacerdotisa, y poco a poco se fue convirtiendo en hilos que se fueron trenzando con el rayo de luz que surgía desde el techo hasta la frente de Julius.

–Un nuevo Sol, un nuevo adepto, un nuevo protector –respondió Julius, con unas palabras que estaba pronunciando sin saber de dónde venían–. Acepto el sacrificio de una larga vida bajo las órdenes de la energía regidas por vuestro consejo, en favor de perpetuar el nuevo Sol, la transmisión del conocimiento y la protección de las viejas costumbres ocultas.

–Y nosotros aceptamos el sacrificio de guiarte, de enseñarte y de protegerte en este nuevo camino dentro de nuestras filas –respondieron dos dos sacerdotes a la vez–. Tenebrae minuantur. Illuminet nos lux infinita –recitaron.

La oscuridad brotó del cuerpo de Julius y se hizo densa, como una canica de mármol negro. Después la luz del techo se hizo más fuerte e inundó su cuerpo.

La sacerdotisa capturó la canica oscura del aire e invitó a Julius a que se levantara. Después posó la canica en el lugar en el que él había estado tumbado.

El sacerdote recitó unas palabras inaudibles y la canica negra explotó en miles de partículas de polvo negro que cubrieron todo el suelo, pavimentado ya antes de cientos de miles de partículas similares fundidas con la misma piedra.

El sacrificio había concluido. Julius había muerto. Julius había nacido.

El anterior relato pertenece a las historias perdidas de los primeros Consejos. Para saber más obre El Consejo de los actuales días y sus aventuras podéis leer en El Consejo – Edición Completa. En edición digital y tapa blanda en amazon.

Unión o disolución

Allá por los albores del siglo veintiuno,
cuando por la humanidad no se daba un duro,
el planeta nos estaba dando muy muy duro
por haber estado pateándolo como un burro.
Tan fuerte fue el golpe dado por el planeta,
que mandando un pequeño virus por ciudadela,
asoló e infectó de cada cien una treintena
y creyó salir vencedor de tan siniestra verbena.
Demasiados cayeron en cruenta batalla,
otros sufrieron agravios físicos por semanas
y los menos mantuvieron compostura sana.
Pero todos lucharon al límite de sus fuerzas
buscando soluciones, cada uno con sus entendederas,
para poder eliminar del planeta amenazas veras.

¿Que quién fue el descubridor de la solución,
es lo que os estaréis preguntando con fruición?
Intentaré despejar en este texto sin dilación
al creador de tan bellaca redención.
No habría aún seis mil millones de humanos
cuando al mundo llegó este ciudadano
que entre cables y bits creció rodeado
mientras el mundo igual se iba moldeando.
De las artes oscuras de las red y los teclados
aprendió por su cuenta, o a veces ayudado,
no contemplando nunca un futuro airado.
Decidió labrarse un digital futuro
y también contempló ver nacer fruto
en lo analógico pese a su desuso.

Por lo tanto nuestro héroe, sin nombre conocido,
de aquella época fue un extraño híbrido
entre las nuevas y antiguas tecnologías crecido
para poder sobrevivir a un futuro mal creído.
Otros había que atesoraban tales virtudes,
pero muchos sin intentarlo acabaron en ataúdes
o justo cuando los llamaban a triunfar los laúdes
habían dado escusas pobres y cutres.
Nuestro anónimo, de batallas compañero,
nunca rehusó permanecer en la linea el primero,
siendo siempre inasequible al desaliento.
Llevando además por distinción la ferocidad
como símbolo de los de su misma patria
hasta erradicar al mal del mundo su último día.

Y con esto ya os he contado como acabó todo
aunque aún no sabéis los polvos de aquel lodo
que comenzaron cuando un día no hubo modo
de frenar a un planeta recién creído bobo.
Pues un día murieron mil del mismo mal
y al día siguiente diez mil se sintieron fatal
y muchos creían que era circunstancia especial
y que solo los tocaría de forma tangencial.
Pero algunas cabezas pensantes vieron un patrón
y sintieron cierto terror, incluso pavor,
al ver que no se intentaba frenar a tal matón.
Y aún sin conocer el rostro del enemigo
intentaron buscar solución, no solo ser testigo
para la última gran catástrofe del mundo conocido.

Continuar leyendo «Unión o disolución»

La miserable muerte del Señor Rata

–Lento, Carlos, siempre lento y con altas cotas de sufrimiento. Un tiro con bala de bajo calibre en el estómago, que la sangre se mezcle con los residuos internos y se infecte el sistema completo mientras que fenece de manera sucia, pidiendo clemencia y un tiro en la cabeza que no llega, que vea con lágrimas en los ojos cómo nadie hace nada por ayudarle a irse lo antes posible de este mundo…

–Pero esa conversación fue privada, nadie hablaba en serio –comentó el acusado mientras que la agente leía en su tablet palabras de una conversación privada entre algunos compañeros del recientemente fallecido.

El Señor Rata, como así llamaban en diversos círculos al occiso, no era su nombre real, solo un apodo que había ido acarreando, u obteniendo, en todos los empleos que había conseguido. Sin buscarlo, y sin saberlo, todos los compañeros le habían apodado de la misma manera, como si aquellas dos palabras, que coincidían con sus siglas, le vinieran como un guante.

El Señor Rata, había vivido siempre observando con mirada turbia desde su puesto de trabajo, no sabía lo que era el silencio stampa, y siempre había guardado información relativa a sus compañeros para utilizarla en su propio beneficio, cayera quien cayera, siempre que él pudiera ascender un peldaño en la escalera empresarial. Aquella manera de actuar le había llevado a vivir solo, y no por elección. Desde sus tiempos del colegio había sido dejado de lado por su forma de actuar, con bromas a destiempo, palabras fuera de tono, o comentarios anacrónicos. Solo había vivido y solo moriría.

Aunque la forma no había sido la misma que la agente estaba relatando en aquellos mensajes de texto que no deberían haber salido de su confinamiento digital, se parecía demasiado como para dejarla pasar.

Su cuerpo frío había sido encontrado en el garaje de la oficina, junto a un pilar, con un charco de sangre que se había extendido por el suelo de manera lenta y consistente. El suceso había ocurrido un viernes, a última hora de la tarde, en un horario en el que el Señor Rata no debería haber estado por la zona. Las cámaras de seguridad no habían captado al asaltante, o si lo habían hecho, esa porción de la grabación había sido eliminada, y solo unos pocos podían, o sabían, alterar aquellas grabaciones.

–Sé que teníais algo contra él –dijo la agente –. Todos en la oficina, e incluso los que no trabajan desde aquí, teníais problemas con él, pero tú eres el único que en algún momento habló de eliminarlo.

–Y tendría que ser muy estúpido para hacer algo así, siendo el único que había dado alguna opción. Además, a la hora a la que decís que sucedió todo yo estaba bastante lejos de la oficina. Seguro que podéis triangular mi posición con el móvil en ese periodo temporal –respondió el acusado dando una coartada fácil de comprobar.

La agente se quedó mirándolo durante unos segundos, sabiendo que él no había hecho nada, pero sin ningún otro hilo del que tirar para dar con el culpable, salvo el arma homicida.

–Hemos encontrado tus huellas en el destornillador con el que fue asesinado.

–¿Solo mis huellas? ¿Qué destornillador?

–Mango azul, de estrella, unos 25 centímetros de longitud.

–Creo que sé de qué destornillador hablas, ¿tiene un corte en V en la zona del mango? Las herramientas suelen estar en un cajón, disponibles para todos los empleados. Ese destornillador lo cogió nuestro jefe, junto con unos alicates de corte pequeños, hará unas dos semanas. Dijo que lo necesitaba para un proyecto y no puse objeción, es el jefe de todo el departamento. Pero no me has dicho si las mías son las únicas huellas, ese destornillador lo habremos usado tres o cuatro personas antes de que se lo llevara.

Otro silencio denso mientras que la gente movía los informes en la tablet buscando aquella información.

–¿Cómo te llevas con tu jefe?

–Nos soportamos.

–Sí, solo estaban tus huellas –respondió la agente –. ¿Son estos los alicates que has comentado? –dijo mientras le enseñaba una fotografía tomada en la sala de servidores del edificio de oficinas, y con restos de sangre.

–¿Donde los han encontrado?

–En el edificio, en un CPD que usan los responsables de la seguridad.

–Entiendo, ahí es donde guardan las grabaciones, tienen un viejo robot de cintas, por eso me estáis acusando, no sabéis quién ha sido porque se han llevado las grabaciones. ¿También tiene mis huellas?

–No, están limpios de huellas.

–No querría hacer vuestro trabajo, pero quizá debáis preguntar a quien tenía el destornillador, los alicates, y además, unas huellas poco marcadas. Tiene que entrar con clave en la oficina, en lugar de con el dispositivo de huellas, porque este es incapaz de leerlas. Aunque no creo que fuera capaz de enfrentarse a nadie, es bastante cobarde, solo podría haberlo hecho atacando por la espalda –dijo el acusado –. Lo siento, no quiero despistarlos. Creía que se llevaban bien, estaban medrando juntos en la empresa y se contaban confidencias…

Otra pausa tensa, en la que se podía ver que la agente estaba pensando concienzudamente en las pistas y en la reciente conversación. El jefe del acusado no había aparecido por la oficina, había llamado el día antes diciendo que se encontraba indispuesto. Además, era el único de la oficina que tenía posibilidad de acceder al CPD donde se habían encontrado los alicates, y el asesinato, aunque no había trascendido, había sido por la espalda. Al Señor Rata lo habían apuñalado desde la retaguardia dos veces, una en el cuello y otra en el costado izquierdo. La altura de las puñaladas indicaban que el asesino no pasaba de 1,65 metros de altura, y el detalle de las huellas hacía que todas las piezas encajaran. Además, él había sido el que había proporcionado el texto del chat privado.

–Guardia, liberadlo, no es el culpable –dijo la agente –. Creo que le han tendido una trampa. ¿Hemos podido dar con su jefe?

–Sí, lo acaban de encontrar en su casa de vacaciones, parece ser que se ha suicidado. Según el estudio preliminar no lleva ni dos horas muerto.

Lo que no se tiene

Sobre una caja había un ratón que miraba directamente a la enorme luna llena sobre su cabeza, el viento acariciaba sus orejas puntiagudas mientras sus bigotes intentaban rastrear el olor de aquel cuerpo luminoso y sus pequeñas garras tanteaban el vacío que se erguía ante él para conseguir alcanzarla.

El ratón pronto pasó página al ver que aquello no era posible y se dedicó a corretear por el campo en busca de cosas mas útiles en las que gastar el tiempo, como buscar comida, refrescarse en un hilillo de agua que se escapaba de un grifo gastado o retozar en el césped mientras de hito en hito observaba al encendido astro.

De repente todo desapareció ante sus ojos: la bombilla de la Luna se apagó, las altas hierbas bajo sus patas se retrajeron en la tierra y el viento dejó de correr libre. Segundos después, o una eternidad más tarde, el estruendo de una gran explosión iluminó todo alrededor mientras un cohete en forma de flecha, que escupía fuego por su parte trasera, dejaba de intentar, para conseguir, llegar al objeto que aquel pequeño ratón de campo intentaba colonizar solo unos minutos antes.

Dentro del cohete, en una jaula de metacrilato adornada por varios conductos de ventilación y bien sujeta a una repisa para no desparramarse con la aceleración, un pequeño ratón de laboratorio anhelaba estar correteando por un valle verde.

–Ojalá estuviera allí arriba –pensaba a su vez nuestro pequeño amigo el ratón de campo mientras volvía correteando a su guarida con su numerosa familia.

Ratón mirando cohete
×