Últimamente veo muchos retos del tipo «leer tres libros en tres días» o similares. También veo muchos book hauls y resúmenes mensuales de gente que se ha leído diez o doce libros en un mes.
Para mí, que con suerte y esfuerzo, sacando ratos de otras tareas, puedo leer entre quince y veinte libros al año (y ese ha sido más o menos mi ritmo durante los últimos quince años), esas cifras me parecen enormes y me generan algunas preguntas.
¿De dónde vienen estos retos?
Los llevo viendo desde hace años y, aun así, en esta página nunca he publicado nada similar. Leer es ya de por sí un reto en estos tiempos, ya sea uno, dos o diez libros al año, pero creo que debería ser, ante todo, un reto personal. No una competición para ver quién lee más.
Algo parecido me ocurre cuando entro en páginas como Goodreads y veo usuarios con ritmos de lectura que me resultan abrumadores.
Entiendo que para muchas de estas personas la lectura es su principal afición y pueden dedicarle varias horas al día. También habrá lectores cuyo trabajo esté relacionado con los libros: críticos, editores, profesores, creadores de contenido… Y tampoco podemos olvidar que las redes sociales han convertido prácticamente cualquier afición en contenido susceptible de ser cuantificado, compartido y, en algunos casos, monetizado.
Quizá ahí esté parte de la explicación. El número de libros leídos es una métrica perfecta para las redes: es fácil de medir, fácil de comparar y fácil de mostrar. Es mucho más complicado cuantificar cuánto has disfrutado de un libro, cuánto tiempo has pasado pensando en él o cuánto recuerdas seis meses después.
Y de ahí viene mi segunda pregunta.
¿Cuánto retenemos de lo que leemos?
Si alguien lee tres libros en tres días, me pregunto cuánto recordará de ellos una semana, un mes o un año después. Evidentemente, dependerá de la persona, del libro y de cómo haya sido esa lectura.
Yo puedo leer unas treinta páginas por la noche antes de dormir; cincuenta si leo en diagonal o si se trata de una relectura.
En el primer caso suelo quedarme bastante bien con lo que leo. Incluso cierro el libro pensando en lo que acaba de ocurrir, en las decisiones de los personajes o en lo que podría suceder a continuación.
Cuando leo en diagonal es diferente. Soy consciente de que recordaré menos de la historia, tanto por la propia velocidad como porque inevitablemente pasaré por alto detalles. También me implico menos en pensar qué sucederá después y, al cabo de dos o tres semanas, puedo haber olvidado buena parte de lo leído.
¿Es simplemente una impresión personal?
Parece que no del todo. La investigación sobre velocidad lectora muestra que existe un compromiso entre velocidad y comprensión: podemos aumentar la velocidad hasta cierto punto, pero resulta muy difícil duplicarla o triplicarla manteniendo el mismo nivel de comprensión.
Un amplio metaanálisis publicado en 2019 situó la velocidad media de lectura silenciosa de un adulto en torno a las 238 palabras por minuto para textos de no ficción y unas 260 para ficción, aunque estos datos proceden principalmente de estudios realizados en inglés.
Eso significa que una novela relativamente corta, de unas 70.000 palabras, necesitaría aproximadamente cuatro horas y media de lectura a 250 palabras por minuto. A 150 palabras por minuto serían casi ocho horas. A 400, algo menos de tres. Y alcanzar las 700 palabras por minuto reduciría el tiempo a alrededor de una hora y cuarenta minutos.
Pero aquí aparece el problema: leer más rápido no significa necesariamente leer igual.
Una revisión sobre las técnicas de lectura rápida concluyó que resulta muy difícil aumentar enormemente la velocidad sin sacrificar comprensión. Podemos recorrer un texto rápidamente para obtener su idea general, pero eso no equivale a una lectura detenida.
Y quizá esa diferencia sea más importante que cualquier cifra.
Conclusión
Yo leo por gusto, para aprender, para viajar mentalmente a otras épocas y lugares. No lo hago como si fuera una competición y me gusta paladear los libros.
No sé si todo el mundo tiene las mismas razones para leer, seguramente no, pero sí creo que convertir constantemente la lectura en una carrera puede hacernos perder parte de aquello que precisamente la hace interesante.
Leer cincuenta libros no es necesariamente mejor que leer diez. Del mismo modo que leer diez tampoco significa haberlos disfrutado o comprendido más que quien ha leído cincuenta.
Por eso quizá la pregunta interesante no sea «¿cuántos libros has leído este año?», sino otra bastante más difícil de convertir en una estadística:
¿Cuántos de esos libros siguen contigo?




