Tumbado

Tumbado

Después de quince minutos de lucha, al final, acabé con ella.

Al principio no quería que la situación terminara así, pero mientras más intentaba que se fuera, procurando no hacerla daño, más se quedaba; más adentro de la habitación se movía.

Era pequeña, o grande, no sé muy bien cuál será el tamaño estándar para una salamanquesa, ésta medía unos 10 o 12 centímetros de piel gris pardusco con pequeños bultos de color negro recorriendo todo su cuerpo. Sus ojos también eran negros, estaban a los lados de su cabeza achatada y triangular y parecían estar prestando atención a todo lo que ocurría en aquella habitación de hotel, de paredes cubiertas con papel azul claro y detalles marrones. Su cola no se movía un ápice para mantener la vertical en la pared sin riesgo de desprenderse al suelo.

Se encontraba a unos 30 centímetros por encima del flexo, que iluminaba la mesa de madera barata que estaba utilizando de oficina, supongo que aprovechando que ahí confluían moscas y mosquitos danzando alrededor de la luz que el mismo desprendía. Debía de estar planificando la mejor manera de darse un banquete.

En mi primer intento por echarla de la habitación se fue corriendo por la pared, prácticamente ingrávida, hacia el quicio de la puerta a poco más de metro y medio. Fue un intento inútil desde su planificación ya que iba con muchos remilgos y poca decisión. Para la segunda tentativa cogí un pañuelo, y el objetivo de agarrarla por la cola y lanzarla por la ventana, pero se escapó burlona buscando una salida, situándose en el marco de aluminio lacado en blanco de la ventana abierta. Me dije a mí mismo que a la tercera iba la vencida y agarré un rotulador grueso que llevaba en el maletín con la intención de acercarme a ella sigilosamente y reducirla aplastando con el mismo en lo que podríamos denominar su cuello. Así lo hice, pero con demasiado ímpetu, demasiada decisión esta vez, tanta que reventé su cabeza en la pared de papel azul dejando una mancha roja difícil de limpiar.

Mi parte más bondadosa sólo pensaba en que si hubiera ido a por la cola, en lugar de a por el cuello, podría haber preservado su vida; aunque mi parte más oscura pensaba que si la hubiera atacado con un estilete o un abrecartas el final habría sido el mismo, pero más limpio.

Intenté pasar por el asunto de la manera más rápida posible, recogí los restos y los lancé por el retrete, pensando en que había salvado la vida de algunos mosquitos de la habitación, y que seguramente me lo agradecerían por la noche dándome algún picotazo como habían hecho las dos noches anteriores.

Tenía la intención de acabar el trabajo por el que había tenido que ir a aquel pequeño pueblo, así que me dispuse a terminar de leer los informes para acabar con todo el papeleo a la mañana siguiente y poder regresar a casa con la familia. Una hora después me acostaba.

Recuerdo que algún ruido me despertó, conseguí abrir los ojos no sin esfuerzo, y forzando la vista vi que pasaba por poco de las dos de la madrugada, las 02:07 exactamente. Todavía quedaban cuatro o cinco horas para que amaneciera así que intenté quedarme dormido de nuevo, pero tenía una sensación extraña en mi cuerpo, cierta rigidez que me impedía moverme libremente, como si la gravedad hubiera aumentado súbitamente y mi cuerpo pesara una tonelada.

Estaba tumbado de lado, sobre el hombro derecho, no estaba hecho un ovillo pero sí que estaba algo recogido con las rodillas dobladas intentando acercarse al pecho. La sensación de calor era importante y la humedad de la zona no ayudaba, parecía que me hubieran tirado un cubo de agua gelatinosa encima, como si me hubieran regado el cuerpo y cientos de babosas se hubieran divertido haciendo carreras sobre mí. Las sabanas se me pegaban al cuerpo de tal manera que parecían una segunda piel, como si la unión de mi cuerpo y las sábanas formáramos una crisálida.

Seguí intentando quedarme dormido pero al rato vi que era imposible. Volví a abrir los ojos para mirar de nuevo la hora, los números rojos de la pantalla digital del reloj de mesilla seguían marcando las 02:07. No era posible, tenían que haber trascurrido al menos 20 minutos desde la última vez que lo había mirado. La sensación de irrealidad de todo aquello empezaba a fundirse con la pesadez que llevaba aguantando mi cuerpo desde la primera vez que me desperté con aquel ruido en medio de la noche, y me estaba empezando a agobiar.

Me quedé mirando el reloj, y no cambiaba de hora, marcaba perpetuamente las 02:07. ¿Se habría roto el reloj? ¿Estaría alguien macabro gastándome una broma pesada? ¿Me estaría volviendo loco?

Con esa última pregunta recordé algo, no una idea clara pero sí el recuerdo de una lectura pasada. Todo era difuso pero sabía lo que tenía que hacer en una situación como esta. Tenía que contarme los dedos de la mano. Me fue imposible. El brazo derecho, sobre el que descansaba mi cuerpo, me dolía a horrores y era un suplicio el simple hecho de pensar en moverlo. El brazo izquierdo sin embargo no me dolía, todo lo contrario, no lo sentía; daba la sensación de que todo el cuerpo se había despertado menos mi brazo izquierdo que seguía dormido bajo el mandato de Morfeo.

Intenté con todas mis fuerzas moverlo, pero no sentía ni un mísero cosquilleo. Esto era algo que me había ocurrido ya con anterioridad, y que siempre lo solventaba abriendo y cerrando la mano para reactivar la circulación y que las perezosas células nerviosas del brazo empezaran a funcionar, pero en ese momento el brazo tenía decidido que no se movería ni aunque metiera los dedos en un enchufe.

Intenté girar y tumbarme sobre la espalda para liberar el brazo derecho y la preocupación siguió en aumento. No podía moverme.
Desde que me había despertado sólo recordaba haber podido abrir los ojos, el resto de mi cuerpo permanecía inerte, paralizado, como una roca cubierta por la arena del desierto durante milenios.

Empecé a ponerme nervioso, más nervioso. Y con ello más sudaba, y más se me pegaban las sábanas al cuerpo y todo iba in crescendo.

Ya que cada intento que estaba haciendo por girarme era infructuoso hice un primer intento de estirarme ya que sería una posición más fácil desde la que volcarme a un lado u otro. Para que lo veáis más claro, estaba tumbado de lado formando algo parecido a una “K” y necesitaba convertirme en una “J” para así intentar rodar para ponerme o sobre la espalda o sobre el pecho, lo que antes ocurriera.

Comencé haciendo fuerza con las piernas para intentar estirarlas hacia los pies de la cama pero no resultó, las rodillas parecían unas bisagras oxidadas y no cambiaban de ángulo pese a mis esfuerzos. Después intenté cambiar de posición actuando alternamente con los abdominales y los lumbares, pero nada ocurrió. Podía contraerlos pero no había movimiento.

El cuello fue el último punto que intenté mover, necesitaba moverlo un poco, daba lo mismo que fuera un mínimo giro o cambiar algo su ángulo sobre la almohada. Nada.

No había hecho tanto ejercicio físico en muchos años, el cuerpo me pesaba y estaba empapado, la circulación fluía alterada por el constante bombeo del corazón ante el esfuerzo y el reloj seguía marcando imperturbable las 02:07.

Estaba desesperado, no sabía qué hacer y las preguntas seguían percutiendo en mi cabeza. ¿Me habrán drogado para robarme y por eso no puedo moverme? ¿Estaré siendo objeto de algún experimento? ¿Hay algo más, súcubo o alienígena, en esta habitación impidiendo mi movimiento? Cada pregunta que me hacía era más disparatada y parecía que habían pasado horas y no podía moverme. Estaba cansado y el juicio se me empezaba a nublar.

Estaba a punto de ceder en mi esfuerzo cuando pensé que si con tensión no era capaz de moverme quizá debía probar con el extremo opuesto, ¿sería posible que llegando a un estado de profunda relajación los músculos y huesos se desbloquearan y pudiera moverme?

Empecé intentando controlar la respiración, que estaba bastante agitada por el esfuerzo. Respiraciones pausadas y profundas, contando hasta tres en la inspiración, manteniendo el aire en los pulmones mientras contaba hasta 8 y soltando poco a poco este con otra cuenta, esta vez hasta 15. Así, la frecuencia de los latidos fue menguando paulatinamente, pasando hasta lo que se puede definir como pulsaciones reposadas, entre 60 y 70 por minuto.

A partir de ahí, intenté relajar los músculos uno a uno desde los pies a la cabeza, sin prisa pero sin pausa: pies, gemelos, cuádriceps, femorales, abdomen, etc. Al llegar al cuello ya notaba como el brazo izquierdo, que antes estaba dormido empezaba a despertar dando pinchazos por toda su longitud, era una buena señal; dolorosa pero buena.

En ese momento me desperté de nuevo con un ruido, como si todo lo que había ocurrido no fuera más que un sueño, una pesadilla más bien.

Miré el reloj, temiendo profundamente que siguiera marcando las 02:07, pero no era el caso. Ahora marcaba las 05:12.

Presté atención a mi cuerpo en cuanto vi que la hora había cambiado. Lo primero que noté fue el mismo dolor que la vez anterior en el hombro derecho, debía de haber pasado toda la noche durmiendo sobre el mismo lado. Después sentí el cosquilleo, más bien como pequeñas agujas punzantes, en el brazo izquierdo; se estaba despertando. Probé a abrir y cerrar repetidas veces la mano izquierda y podía hacerlo sin problemas.

Noté como se evaporaba parte de la tensión que tenía encima. La cama seguía húmeda y el calor seguía siendo agobiante, eso no había cambiado, pero al menos podía moverme.

Entonces intenté hacer la última prueba para demostrar que había vuelto a la realidad. Me giré rodando a la izquierda, primero reposando la espalda sobre el colchón y luego haciendo el giro completo para reposar sobre el hombro opuesto al que había pasado la noche, sueño incluido.

Después de eso me desperté aquí, en la cama de un hospital. Me dijeron que pasé dos días inconsciente. Al principio no recordaba lo que había pasado, pero después de que el doctor me contara que había sufrido un shock empecé a tirar del hilo hasta recordarlo todo tal y como te he contado.

Lo que sucedió después de conseguir girarme no sé si es realidad o sólo parte del sueño, pero estirada, a mi lado en la cama, vi como una salamanquesa, mucho mayor que la que había matado al principio de la noche, estaba recostada junto a mí mirándome directamente a los ojos y relamiéndose con su larga lengua.

Y cuando digo que era grande, lo era.

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