Silencio

Silencio

Saber dónde vivía Carlos tiene poca importancia ya, podríamos decir que residía en una calle normal de un barrio normal. Vivía solo, en el segundo piso de un edificio de tres alturas cuya planta baja ocupaba un local vacío; todos los locales de aquella calle, menos un par de ellos, estaban desocupados. Carlos era un tipo normal, con un oficio respetable, saludaba por la calle a quien conocía y cumplía las normas establecidas como todo buen ciudadano. La única característica que diferenciaba a Carlos del resto era la hipersensibilidad al ruido con la que había nacido, peculiaridad denominada hiperacusia, y que le hacía tener que dormir con tapones, ir por la calle con auriculares o tener ajustados todos los volúmenes de su casa al mínimo. También tenía los brazos algo más largos de lo normal y los ojos un poco más juntos de lo razonable, pero tales detalles no vienen al caso.

Intentaba, por norma, no hacer caso a los excesos de sonido que solían rodearlo, a veces incluso poniendo unos auriculares tipo casco sobre los tapones insertados en sus oídos; sobre todo cuando necesitaba realizar una tarea a la que debiera prestar mucha atención. Pero no era sencillo vivir con tal problema y en algunos momentos perdía el temple y gritaba al aire: «¡SILENCIO!». Sus vecinos nunca hacían caso y seguían a sus asuntos, un grito más en aquel edificio era poca cosa.

Los vecinos del tercero eran unos estudiantes que habían alquilado el piso meses atrás, al principio fueron educados, pero poco tardaron en perder las formas e incluso la decencia. Uno de ellos, el más flaco, era incapaz de cerrar una puerta sin dar un portazo, ya fuera la del portal, la de su piso, o las internas de la casa. El más gordo de ellos se movía como un elefante, con pesados pasos que hacían retumbar todo el techo de Carlos. Ambos vivían con la música a todo volumen, e incluso parecía que se divirtieran haciendo ruidos aleatorios, como golpear el suelo con un palo de manera asíncrona, o arrastrar muebles y pasar la aspiradora más allá de horas razonables.

En el primero vivía una familia con un historial complicado en el barrio. La familia la componían una abuela gritona y que no salía nunca del piso, dos hijas problemáticas: una alcohólica y otra con problemas de control del ánimo, y dos nietos: un adolescente con afición por los gritos al igual que la abuela y una niña que se pasaba el día llorando en cuanto el desorden mental atacaba su hogar.

No era el lugar idóneo en el que vivir para Carlos, él lo sabía e intentaba hacer todo lo posible por acomodar su piso a su problema. Cuando lo compró se encargó de instalar todo el aislamiento sonoro que le fue posible, pero ni las ventanas dobles, la insonorización de las paredes ni las capas de materiales que detuvieran la propagación del sonido tanto en el suelo como en el techo eran suficientes para aquel edificio. Cuando la locura se desataba, tanto arriba, como abajo, aquello se hacía imposible de aguantar para Carlos; cuando en las dos alturas se ponían de acuerdo, Carlos solo podía marcharse de allí y dejar que el tiempo disminuyera las ganas de hacer ruido de sus vecinos.

Cuando una noche, cerca ya del cambio de día, con Carlos acostado y disfrutando el primer sueño, los vecinos de arriba comenzaron a dar gritos, Carlos intentó darse la vuelta en la cama y no hacer caso. Parecía que arriba se estuvieran peleando, pero lo que sucedía es que estaban jugando en línea, y se ponían frenéticos. Carlos intentó relajarse y seguir durmiendo, aquellos episodios no solían durar mucho, y era peor concentrarse en los gritos que en relajarse e intentar dormir. Minutos después comenzaron los gritos en la planta inferior. Una de las hijas había llegado borracha y su hijo la recriminaba aquello, la niña lloraba, la hermana gritaba y la madre de las dos voceaba que se callaran, porque no oía la televisión. Inmediatamente, sin esperar que se callaran, la vieja aumentó el volumen del televisor, el niño siguió gritando y encendió música estridente que solía escuchar, y las dos hermanas, sin hacer caso a la niña que lloraba, siguieron gritándose sin cesar. Ante tal espectáculo sonoro, Carlos no pudo ya centrarse en la relajación ni en dormir, todo su cuerpo se había puesto en tensión, pero seguía esperando que durara poco. A los de arriba les quedarían menos de diez minutos de vocerío si todo seguía el curso de ocasiones anteriores. A las de abajo se las acabaría el combustible de los gritos en poco más, y si no sucedía así, alguien llamaría a la policía; ya había ocurrido antes.

Incesante, así se hizo la bulla en los dos pisos, y Carlos perdió los nervios, los estribos y la razón. Saltó de la cama y comenzó a dar paseos nerviosos por el pasillo, rascándose de manera compulsiva la mano izquierda con la derecha, notando cómo era incapaz de controlar tal tic. Pensó en llamar a la policía, pero si venían y remediaban el asunto, en pocos minutos estaría todo igual; ya había pasado antes. Fue de nuevo a su habitación y se sentó al borde de la cama; no sabía si tumbarse o hacer algo más, las piernas le repiqueteaban contra el suelo y no podía refrenarlas. Abrió entonces el cajón del medio de la mesilla y vio, al fondo del mismo, la funda de cuero que guardaba una navaja suiza, impoluta, brillante y extremadamente afilada; sacó la navaja y contempló su reflejo en la limpia hoja, este le decía: «¡Hazlo! ¡Hazlo ahora!». Y Carlos, descalzo y sin cambiarse el pijama, se levantó de la cama, abrió la puerta de su piso y ascendió, peldaño a peldaño, hasta el piso superior. Tocó el timbre, no hubo respuesta inmediata, volvió a tocarlo, y entonces el más flaco de los dos estudiantes abrió la puerta. Sin dejar que dijera palabra alguna, ni que intentara disculparse como ya había hecho en otras ocasiones, Carlos le metió los diez centímetros de hoja de su navaja suiza debajo de la mandíbula, cortando venas y arterias con un simple movimiento. El cuerpo del vecino cayó al suelo, temblando; sus manos no pudieron siquiera intentar tapar la herida por la que perdía la vida. Carlos pasó por encima del cadáver, no le importaba mancharse los pies de sangre, estaba concentrado en otras cosas. Como el piso era igual que el suyo, y sabía dónde se encontraba el más gordo de los estudiantes, fue a por él sin pensarlo dos veces. Mientras este tecleaba sin descanso con los ojos pegados a la pantalla, Carlos realizó una similar punción a la que había ejecutado en su compañero de piso. El gordo, teniendo más sangre y mayor protección del cuello, por la grasa, que el primero, pudo darse la vuelta, con mirada extraña y ojos desorbitados, para observar a su atacante, pero poco más pudo hacer pues en unos segundos había perdido demasiada sangre; sangre que desalojaba su cuerpo a la velocidad del rayo convirtiendo el pijama azul de Carlos en un disfraz viscoso de color rojo intenso. Carlos contempló aquello, viendo todo desde fuera, como si él no hubiera sido el causante de aquellas muertes, y sintiendo que era guiado por control remoto salió del piso y bajó las escaleras, dejando huellas de sangre a cada paso, más tenues a medida que la sangre se iba quedando en el camino sobre la piedra blanca de los escalones. Bajó al primer piso entonces, y golpeó la puerta con fuerza. Dentro de aquel piso ya se había desatado la locura, un poco más no sería extraño. La puerta se abrió; era la niña, que vio la muerte ante sí en forma de su vecino del segundo, vestido con un pijama ensangrentado, el pelo enmarañado y una navaja en la mano derecha. Carlos la dijo: «Vete». Y ella bajó al portal para quedarse acuclillada en una esquina, llorando en silencio, completamente en shock. Carlos entró inmediatamente en el piso y se encontró con el niño, que estaba amenazando con una botella vacía a su madre. Ella vio de frente a Carlos, pero no tuvo tiempo de avisar a su hijo, este ya caía al suelo con varias puñaladas en la espalda. Después fue a la borracha, que estaba de pie, en la cocina, había sido acorralada junto a la nevera por su hijo; ella intentó correr y huir, pero Carlos la frenó con una puñalada en el estómago y otras dos en el costado izquierdo. La otra hermana, que se había escondido previamente en el baño, llegó a la cocina al notar que los gritos habían cesado y se encontró con aquella sangrienta estampa, miró a su vecino a los ojos y tuvo la rápida reacción de coger la botella que había soltado su sobrino, pero no fue tan rápida como Carlos, que a fuerza de costumbre por los últimos instantes, y haciendo caso omiso al fuego que ya le recorría el brazo derecho, la quitó la vida con rápidas punzadas cuando esta intentaba dar el primer golpe con la botella. Carlos se dirigió al salón para finalizar la tarea, y se encontró con la madre de aquellas dos vecinas ruidosas en el sofá, estaba dormida. Carlos apagó el televisor y después la música que había encendido el niño; este ya no podía escucharla, así que no tenía ningún sentido mantenerla encendida. Después Carlos salió del piso y subió al suyo, manchando de nuevo, de rojo humor, los escalones blancos.

Obtenido el silencio total, Carlos cerró la puerta de su piso y se dirigió al baño, donde se quitó la ropa y cogió lo necesario para limpiar el suelo de su hogar. Después se dio una ducha, sintiéndose limpio al fin. La ausencia de sonidos a su alrededor le tranquilizó poco a poco y volvió a su cama, donde se arrebujó entre las sábanas y durmió a pierna suelta, como no lo había hecho en mucho tiempo. Sería la última noche que durmiera tan plácidamente. A la mañana siguiente los gritos lo despertaron, la vieja de abajo había vuelto a despertarle con sus voceríos.

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