Sancho

Sancho

Sancho había tenido una larga vida. Había vivido en lo alto del cerro Calderico ciento setenta años y desde allí había contemplado parte de la historia reciente; acompañado por sus hermanos y vigilado por el centenario castillo de la Muela había pasado por guerras, hambrunas e inundaciones, y aún permanecía entero y se mantenía en forma.

Aunque ya no mascaba cereales a diario, en largas jornadas de labor, sus cuatro pelos de loneta y madera eran puestos en marcha año tras año, golpeados por el viento reinante, para hacer una fina harina que era repartida por el mundo, en pequeños sacos de lino, gracias a los que visitaban aquella ocasión especial.

No pasaba solitario y desatendido el resto de días del año, pues humanos y máquinas lo visitaban para hacerse retratos frente a sus blancas paredes o cogiendo el mástil que dirigía sus aspas a fuerza de músculo.

Con el viento, su más íntimo amigo, que siempre lo acompañaba, lo acariciaba de manera sutil y se colaba por sus rendijas y grutas de ratón, enviaba mensajes a sus hermanos y obtenía respuestas de ellos; cuando de buen humor estaban.

—Hoy no dicen nada —comentó el viento de pasada—. Están con sus manías de viejo y no quieren responder a mis requiebros. Han visto las nuevas lonetas que te van a instalar y los celos y su orgullo no los permiten hablar —finalizó el viento al alejarse ya del molino.

—Otro día será —respondió este con un ligero movimiento de la rueda catalina, bloqueada y con el freno echado—. Siempre pasa igual, en dos o tres días volverán a hablar, cuando sufran con mis quebrantos al recordar los suyos propios del pasado.

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