Multidimensional (parte I – Dimensiones)

MULTIDIMENSIONAL

1 – DIMENSIONES

Todos somos creados siendo unidimensionales, algunos seres así se quedan para siempre, por toda la eternidad, otros evolucionan.

Los minerales, rocas, etc. son de los que nunca cambian. Viven su existencia, sin aparente consciencia, en un mismo lugar a no ser que alguna fuerza superior los cambie de posición o ubicación; en un punto fijo y sin la capacidad de cambiar o extenderse más allá.

Las plantas, árboles, vegetales, seres que se alimentan de los anteriores, viven también en un mismo lugar, pero su pulsión vital los lleva a vivir de manera bidimensional, aun ancladas a una misma parcela de terreno fértil, buscan la luz en lo alto y el alimento en lo bajo, ocupan su vida en dos dimensiones por las que se pueden expandir sin demasiados problemas.

Después existen animales con diversos medios motores, que se desplazan tridimensionalmente por el espacio a ellos habilitado: nadan, vuelan, corren, excavan… Tienen la capacidad natural de moverse en los tres ejes, aunque hay especies más desarrolladas que otras para según que medio.

Los humanos pertenecen, pertenecieron, a ese grupo hasta mediados del siglo XIX. Eran simples seres tridimensionales, más desarrollados que los anteriores pero sin mucho más que ver ante sus ojos.

Pero una nueva dimensión se abrió paso: el tiempo. Ya lo conocían, y se movían a través de él siempre hacia delante, aunque sin poseer ningún control sobre el mismo; ni siquiera creían que fuera posible navegar por sus bucles y recodos. Cierta novela abrió los ojos a unos cuantos, podían ver entre las nieblas retazos de lo que creían que era el tiempo: una línea recta que se podría recorrer adelante y atrás; al resto solo los entretuvo.

Y con aquella sensación pasaron casi dos siglos, pensando que el tiempo era la cuarta dimensión, y que a diferencia del espacio, en el que se definían tres dimensiones, el tiempo solo poseía una.

De aquel error se sacó a la humanidad en el año 2027, cuando en el III Congreso Matemático Quinquenal de la ciudad de Armonk (Nueva York), una de las mayores compañías dedicadas a la informática expuso ante el mundo sus descubrimientos. Pese a todo el boato que a la conferencia se le dio apenas un puñado de revistas especializadas le dio propaganda a lo que allí se explicó a la humanidad.

Desde hacía tres décadas, oficialmente, la compañía de las corbatas azules, GZK, había estado experimentando con la informática cuántica y, por ende, con la generación de los apreciados qbits. Un solo procesador con un único qbit podía duplicar la potencia de la computadora, o superordenador, en el que estuviera agregado. Un año antes, en 2026, la compañía había logrado producir el primer y único chip hasta el momento de 128 qbits. Lo añadieron al mayor de sus supercomputadores, y este pasó de los 180000 Tflop/s a la inmensa cifra de 6,12 x 10⁴³ Tflop/s. Algo poco comprensible para la mayoría de los humanos, pero que se podría resumir de una manera mucho más mundana de la siguiente manera: si para romper la encriptación del handshake de una WiFi común se tardaría, con un ordenador normal, entre 70 y 80 años de proceso constante y utilizando el método de la fuerza-bruta, añadiendo a la ecuación una ingente cantidad de energía consumida; con aquella nueva máquina se tardarían apenas un par de segundos.

Pero los científicos que gestionaban aquella excelsa maquinaria, el culmen de la técnica humana hasta aquel momento, la utilizaron para otros fines, afortunadamente. Descifraron habilidades nuevas del genoma, desarrollaron nuevos materiales y aumentaron drásticamente la eficiencia energética con solo unos meses de consumo de procesador que con la máquina antigua hubiera llevado milenios. Avanzaron tanto que se quedaron sin proyectos en los que aplicar aquella descomunal potencia e incluso pensaron en apagar la máquina hasta que algún problema interesante les fuera planteado.

El problema deseado llegó: el tiempo y sus dimensiones.

Y en aquel Congreso se hicieron públicos los descubrimientos. La máquina había llegado a la conclusión de que el tiempo, al igual que el espacio, constaba de tres dimensiones matemáticamente demostrables. Hubo revuelo, excitación, e incluso miedo por aquellas revelaciones. Pero en realidad, aquel hallazgo pasó desapercibido para el común de los mortales.

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