Lo que no se tiene

Sobre una caja había un ratón que miraba directamente a la enorme luna llena sobre su cabeza, el viento acariciaba sus orejas puntiagudas mientras sus bigotes intentaban rastrear el olor de aquel cuerpo luminoso y sus pequeñas garras tanteaban el vacío que se erguía ante él para conseguir alcanzarla.

El ratón pronto pasó página al ver que aquello no era posible y se dedicó a corretear por el campo en busca de cosas mas útiles en las que gastar el tiempo, como buscar comida, refrescarse en un hilillo de agua que se escapaba de un grifo gastado o retozar en el césped mientras de hito en hito observaba al encendido astro.

De repente todo desapareció ante sus ojos: la bombilla de la Luna se apagó, las altas hierbas bajo sus patas se retrajeron en la tierra y el viento dejó de correr libre. Segundos después, o una eternidad más tarde, el estruendo de una gran explosión iluminó todo alrededor mientras un cohete en forma de flecha, que escupía fuego por su parte trasera, dejaba de intentar, para conseguir, llegar al objeto que aquel pequeño ratón de campo intentaba colonizar solo unos minutos antes.

Dentro del cohete, en una jaula de metacrilato adornada por varios conductos de ventilación y bien sujeta a una repisa para no desparramarse con la aceleración, un pequeño ratón de laboratorio anhelaba estar correteando por un valle verde.

–Ojalá estuviera allí arriba –pensaba a su vez nuestro pequeño amigo el ratón de campo mientras volvía correteando a su guarida con su numerosa familia.

Ratón mirando cohete

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