La muerte de Blanca Navidad

La muerte de Blanca Navidad

Me llamo Emilio, en mi DNI pone que tengo 40 años, pero me siento mucho más viejo, cada día más. Me dedico a un sector en el que no se pueden tener amistades ni relaciones duraderas, y en el que no creo que dure mucho más tiempo; tarde o temprano o te jubilas o te jubilan, supongo que pasa lo mismo en otras líneas de trabajo.

Hace unas horas que salí de trabajar pero me encargaron un trabajo extra. Como tenía algo de tiempo antes de tener que completarlo me vestí con unos vaqueros cómodos, una camisa verde oscuro y mi ajada cazadora de cuero marrón, salí a disfrutar la noche.

Entré en un bar tranquilo a tomar una cerveza negra, supongo que es un poco como yo, algo amarga. El bar era de esos con las paredes forradas de madera, con sillas incómodas, poca iluminación y un servicio que deja bastante que desear, pero demonios, la cerveza estaba buena y a la temperatura correcta, con eso me suele valer.

Al fondo del local había un grupo de chicos jóvenes, bebiendo el combinado de moda y armando algo de jaleo, no mucho pero lo justo para tapar el sonido del disco de jazz que sonaba por los altavoces. A escasos centímetros de mí, una mujer joven que se acercaba cada vez más a mí, no por querer estar cerca sino por querer alejarse de esos chicos que habían estado intentando seducirla, muy burdamente, desde que había entrado al local.

Vestía con un traje ligero de tonos azulados, zapatos de poco tacón, una pequeña mochila vaquera que hacía las funciones de bolso y el pelo rubio recogido en dos coletas. Tomaba un Blenheim que el camarero había preparado con poca maña y mucho esfuerzo para sacarle el zumo a una naranja esmirriada como niño de cualquier posguerra.

En cierto momento intentó entablar conversación.

—Hola.

—Hola.

—¿No te importará que me haya acercado, verdad? Es que me estaban empezando a molestar bastante los chicos del fondo.

—Tranquila, no hay problema.

—La verdad es que necesito estar sola.

—Bien.

—Pero luego nunca lo consigo, siempre se me acerca alguien a hablar y acabo compartiendo charlas con cualquier desconocido.

—Ajá.

—Y mira que me gustaría ser de esos que no necesitan hablar con nadie.

—Todo el mundo habla con alguien, aunque sea en silencio con ellos mismos —dije en tono bajo para ver si cogía la indirecta.

—Puede que tengas razón… ¿cómo te llamas?

—Emilio.

—Encantada Emilio, yo soy Blanca. ¿A qué te dedicas? Yo soy enfermera en el hospital que hay a dos manzanas de aquí, es un buen trabajo pero genera mucho estrés, sobre todo cuando pierdes a algún paciente, no son momentos agradables, algunos de esos momentos me gustaría poder arrancármelos de la cabeza —se quedó recordando durante unos segundos con gesto serio—, pero no es posible, hay que seguir, ayudando a los demás enfermos.

—Ya supongo, debe ser una profesión vocacional.

—Sí, desde niña quise dedicarme a ayudar a la gente y en casa cuando caía alguien enfermo me encargaba de que se tomaran las medicinas y descansaran lo suficiente. No es una profesión en la que te metes porque no hay otra alternativa, o por el dinero, eso seguro que no.

—No todo es el dinero, o eso dicen.

—Ya, jajaja, sobre todo lo dicen los que tienen mucho.

—No te creas, mientras más tienen más quieren, he conocido a cada cuál…

—Bueno, esa filosofía de vida no va conmigo. Por cierto Emilio, al final con todo lo que hablo no te he dejado que me contestes, ¿a qué te dedicas?

La miré a los ojos, que estaban rebosantes de vida, e intenté aclarar algo la garganta dando un trago a la cerveza que se estaba ya atemperando. No suelo divulgar mi profesión, pero la ocasión merecía la pena, o eso pensaba.

—Soy asesino a sueldo.

Al principio una sonrisa intentó escapar de sus labios, pero al ver que la miraba con cara seria se dio cuenta de que estaba diciendo la verdad.

—Y tú, Blanca Navidad, eres mi siguiente encargo.

Estaba atónita, sin saber cómo reaccionar.

—No va a ser ya mismo, pero va a ocurrir. Alguien me ha pagado una decente suma de dinero para que acabe con tu vida. No quiere que sufras, sólo que dejes de existir, pero antes de eso me ha dicho que quiere que sepas el por qué se ha llegado a esta situación.

—No te he dicho mi apellido —dijo con un casi inaudible hilo de voz.

—Ya lo se, he dicho tu nombre completo para que veas que esto no es una broma ni un farol. Soy un profesional y no disfruto con estas situaciones, son sólo negocios.

En ese momento empecé a recordar mis primeros trabajos.

La primera vez que quité una vida es cierto que no lo disfruté, cuando acabé el trabajo no podía mas que vomitar, supongo que era mi corazón, mi alma en descomposición. Yo era prácticamente un niño que no tenía la necesidad de usar cuchillas de afeitar matando con un cuchillo. No fue un trabajo limpio, demasiada sangre, demasiado caos, gritos, golpes, exceso de adrenalina por hacer algo prohibido, prisa por recoger el pago.

Ahora, si lo pienso bien, no recuerdo ni la cara ni el nombre del hombre al que arrebaté el futuro. Sólo la sensación de asco cuando hube terminado.

A partir de ahí se hizo más fácil, más frío, cada vez más profesional.

—¿Y por qué me quieren muerta?

—Ya no hablas tanto, supongo que estás en shock.

—¿Por qué?

—Había un niño, el hijo de mi cliente, que fue al hospital en el que trabajabas anteriormente con un simple dolor en la zona abdominal. Un principio de apendicitis. La operación fue bien y lo mandaron a planta para que se recuperara.

—Daniel —dijo mientras empezaban a brotar lágrimas de sus ojos.

—Veo que ya recuerdas. Supongo, sé, que algo así no se olvida de manera fácil.

Volví a mi pasado, quitar la vida a un niño no se olvida, haya sido de manera accidental o intencionada.

Recordé a Juan, un chaval de 15 años. El primer, y último, menor de edad al que despojé de ilusiones, de más días por vivir. No os llevéis a engaños, el chico en cuestión era un pieza, de los que comienzan robando algo a hurtadillas en una tienda y acaban quitándole el bolso a una señora mayor a punta de navaja. Este había subido el nivel y le había levantado el coche a quien no debía.

Me llamaron a mí para que mandara el mensaje, y lo mandé, para eso me pagan. Lo capturé una noche cuando salía a hacer travesuras y lo llevé a un desguace, lo metí en un coche, lo até con las manos al volante y prendí fuego. Nadie volvió a robar un coche a mi cliente.

—Fue un error, yo no quería —dijo trayéndome de vuelta al mundo real.

—Dicen que estabas despistada, haciendo cosas para llamar la atención de cierto médico, y se te fue de las manos. En lugar de un coagulante le administraste al paciente un anticoagulante y éste, Daniel, se desangró internamente por las heridas de la operación sin que nadie pudiera hacer nada por él. Triste manera de morir.

—Ya pagué por mi error.

—Administrativamente, pero a ojos de mi cliente ahora llega tu verdadero castigo.

—No, por favor, no lo hagas, puedes rechazar el trabajo —dijo rompiendo en lágrimas.

—No es personal, créeme, incluso me caes bien, pero tengo que completar el trabajo.

Ahí me sorprendió, no esperaba que después de los llantos y las lágrimas de cocodrilo actuara como lo hizo.

Salió corriendo, tiró los taburetes que tenía a su alcance para trabar mi camino hacia ella y salió por la puerta del local tirando al suelo a una pareja que estaba entrando en ese momento.

Reaccioné más lento de lo que debía y me costó salir por la puerta saltando sobre la pareja que no sabía qué había pasado. Desde la puerta vi que Blanca subía por la derecha y apreté el paso para cogerla mientras iba sorteando transeúntes.

Casi un minuto y unos doscientos cincuenta metros después conseguí darla alcance empujándola contra una papelera y haciéndola caer.

—No me mates, por favor, te lo ruego —dijo mientras trataba de llenar sus pulmones con algo de oxígeno.

Intenté cogerla para levantarla y me tiró una patada que dio justo en la rótula, haciéndome perder el equilibrio.

—Quédate quieta, por tu bien, o dolerá.

—¡Duele todos los días desde la muerte de Daniel!

—Lo sé, su padre me ha mandado a acabar con tu dolor, porque no puede acabar con el suyo propio. En tu mano está que sea rápido y decoroso o todo lo contrario.

Estalló de ira y volvió a lanzar patadas que esta vez no alcanzaban su objetivo, intentó arrastrarse para volver a huir y la cogí de un pie del que perdió el zapato. Conseguí dejarla inconsciente con un golpe en la nuca y la llevé a un lugar donde acabar el trabajo.

El zapato quedó atrás con la suela mirando al cielo, como sabiendo que nunca más volvería a ser usado para caminar.

Llegamos a un pequeño callejón lleno de cubos de basura de los locales de la zona.

Justo cuando iba a acabar con ella, recuperó el conocimiento.

—Por fav —antes de que pudiera volver a suplicar por su vida la disparé entre los ojos.

La he disparado entre los ojos, no han pasado ni dos horas desde eso. Últimamente me cuesta más terminar los trabajos, bueno, no el hecho de terminarlos, sino seguir viviendo después de terminarlos como si no pasara nada.

Después he vuelto al bar del que salimos precipitadamente, he pagado lo que se debía y le he comentado al camarero que era una especie de juego de rol de pareja para avivar la llama y no caer en la monotonía. Supongo que se lo ha tragado porque no ha hecho preguntas.

Ahora estoy en mi casa, bebiéndome la última cerveza que quedaba en la nevera, con la pistola al lado del vaso, intentando recordar las caras de todos a los que he quitado la vida.

No puedo, sólo veo la cara de Blanca. Sus ojos verdes, su pelo rubio, sus piernas delgadas pero firmes al lanzar las patadas.

Era una buena chica que cometió un error, el pago puede haber sido demasiado.

¿Cuánto tendré que pagar yo por mis errores?

Si el precio es una vida por otra vida… no puedo morir tantas veces. Puede que el pago sea verlos en mis pesadillas, en la cola del supermercado, en la barra del bar, que me hablen y me hagan compañía cuando estoy solo. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por dinero? Me preguntan sin descanso cuando cierro los ojos.

Tengo 40 años según mi DNI, pero me siento mucho más viejo, cada día vivo con todos a los que he quitado la vida. Es agotador.

Miro la pistola sobre la mesa, hay una bala en la recámara.

Creo que va llegando la hora de jubilarme.

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