Multidimensional (parte III – Oscuridad)

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3 – OSCURIDAD

Después de observar aquel mundo del que podría ser el año 23151, Óscar decidió volver al suyo propio y comenzar a recabar la información necesaria, con las pistas que ya había recibido.

Cambió de fase, pasando de ser partícula a onda, y se trasladó por el éter hasta el momento en el que había sido tomado por aquellos seres. Se miró frente al espejo de su cuarto de baño, y tras unos segundos comprobó en el reloj de la radio, que estaba sobre una pequeña repisa, que el minutero cambiaba de las 08:06 a las 08:07.

Volvió después a su cuarto y se vistió con ropas que le permitieran ocultar su luminosidad, pero no resultó suficiente. Suponía que no se dejaría ver, pero de alguna manera debía pasar inadvertido. Se sentó en el sofá cubierto de arriba a abajo, mostrando solo al exterior la cabeza, algo de cuello y ambas manos. Se miró las grietas llenas de luz de sus palmas y pensó en cómo reducir aquella exposición de fotones al exterior; pensó en ponerse unos guantes, una gorra y salir a la calle de aquella guisa, pero el clima no acompañaba para ir tan cubierto, pese a estar a mediados de otoño el Sol atacaba con fuerza y el termómetro no bajaba de los 26 grados centígrados. Se le ocurrió cubrirse con maquillaje, pero no tenía, y el simple hecho de ir a buscarlo a la tienda ya le expondría, aunque siempre podría servirse de sus capacidades para tomarlos prestados mientras que frenaba el discurrir del tiempo; no era una solución elegante y la descartó, pero la idea de utilizar sus capacidades caló hondo y pensó en que si tenía las capacidades necesarias como para manejar el espacio-tiempo, también sería capaz de alterar en cierta manera la materia misma, y al igual que él se transformaba en onda para recorrer a su antojo épocas y lugares de otro modo vetadas para él, podría transformar ondas ajenas en partículas e incluso átomos de otros elementos en lo que él quisiera.

Comenzó con pruebas sencillas, sacó los restos de un filete, de la noche anterior, de la basura y se concentró en ellos. Tras unos minutos de seria meditación consiguió que se crease una fina costra a su alrededor y luego la visualizó como piel misma. Le dejó agotado, pero supo que aquella era la manera para pasar desapercibido.

Ya que estaba en la cocina desayunó fuerte, y recuperó las energías casi al completo. Entonces se centró en sus manos, en las líneas de luz que las recorrían adentrándose en el resto del cuerpo, y comenzó a cubrirlas milímetro a milímetro, oscureciendo y densificando la piel que las cubría hasta que todo su cuerpo pareció de nuevo normal. Supuso que la sociedad a la que lo habían llevado utilizaba aquella luminosidad como símbolo de estatus, pero en el momento en el que él mismo vivía aquello no tenía ningún sentido. Todo el cambio la había resultado menos exigente que el experimento con los restos del filete, pero aún así se tomó el resto del día para recuperarse y trazar un plan válido.

A la noche decidió que necesitaba ver de nuevo el fin del mundo y volvió a transformarse en onda, salió de la atmósfera que recubría el planeta y se posó sobre la superficie de la Luna, siempre estando protegido por la burbuja de atemporalidad que le rodeaba. Viajó una década al futuro y de un segundo al siguiente la Tierra había desaparecido. Se quedó observando aquel instante detenido en el tiempo y le asfixió una sensación de soledad que suponía que nadie habría vivido jamás.

Óscar recorrió el camino a la inversa y volvió a la mañana de su cambio. Había visto la realidad y quería cambiarla, no por la misión, sino por él mismo, por los suyos, quizá no tanto por la humanidad en conjunto que sentía como un virus en el planeta… pero había cosas buenas que mantener.

Comenzó a investigar con lo que le habían dicho los tres seres de luz, tenía varias pistas incongruentes: eran humanos evolucionados, aunque la humanidad había desaparecido en 2041, aquello podría deberse a bases secretas en otros planetas, había oído hablar de ellas, también hablaban del cambio de base a una mezcla de carbono-silicio, por allí empezaría.

Recorrió poco a poco los avances realizados en biología hasta la desaparición del planeta y comprobó que en el año 2037, 6 años en su futuro, se creaba el primer ser con aquella mezcla de base: un ratón con un doble sistema nervioso y que vivió apenas unos días pero que se demostró como el más inteligentes de los “nacidos” hasta el momento. A partir de ese descubrimiento Óscar comenzó a observar qué hechos habían llevado a la humanidad hasta aquel momento.

Descubrió que todo se remontaba 40 años atrás, en la última década del siglo XX y cuando él aún no había nacido. Un proyecto militar secreto conjunto a la GZK había conseguido crear el primer chip con un qbit, nadie supo nada de aquello hasta años después. Ese pequeño chip dobló automáticamente la capacidad de computación de los primitivos ordenadores y ayudó a que años después se creara el primer chip consistente en dos qbits; no consistía solo en crear aquellos qbits y ponerlos a trabajar en paralelo, sino en generar las órdenes necesarias para que pudieran trabajar sin pisarse uno al otro, la programación fue mucho más complicada que la misma creación de aquel chip.

Hasta 2015 no pudieron implementar el primer chip con 3 qbits, intensos quebraderos de cabeza impidieron su creación anterior pues con cada adicción se veían inmersos en nuevos problemas incapaces de resolver con la potencia disponible. A partir de ese chip el crecimiento fue exponencial e imposible de detener hasta que en 2026 se creó el primer chip con 128 qbits.

Óscar se dijo que era el momento que llevaba buscando desde que había comenzado su investigación, y que tendría que robar aquel chip para detener los avances que darían con el fin de todo.

La ubicación en la que se encontraba aquel prodigioso chip era rara, terreno de nadie y aún así de todos, pero vetado para cualquier humano que quisiera posar sus pies o sentir su gélido aire dentro de sí. Pese a que Óscar supuso en algún momento de la investigación que todo aquello se desarrollaría en terreno Norteamericano, en alguna universidad tipo MIT o Caltech, o incluso en instalaciones secretas pero conocidas como el famoso Área 51, tuvo que ir al Sur, donde el hielo cubría una tierra oculta y prohibida, y en la que se decía que se llevaban solamente experimentos para observar y mejorar el clima planetario. Allí se hacía mucho más, e incluso para sobrevolar la zona había que pedir permisos sin los cuales el aparato sería derribado sin ningún tipo de conflicto diplomático. Óscar tuvo que ir al Continente Antártico, y no le resultó tan sencillo como llegar a la Luna.

Las medidas de seguridad eran excelentes, de una categoría inimaginable, e incluso cubierto por la atemporalidad Óscar notó como había alarmas que trabajaban en su mismo nivel, y que se dispararon en cuanto puso su particular masa en las instalaciones en las que se llevaría a cabo el experimento que debía parar del día siguiente.

Óscar se quedó congelado y su entorno se volvió mucho más denso de lo habitual, incluso de lo necesario; tuvo que concentrarse profundamente para volver a convertirse en onda y escapar de allí, y no lo consiguió hasta que se deshizo de la capa que cubría los ríos de luz que recorrían cada centímetro de su piel. Profundizó en las instalaciones, muy por debajo del nivel del mar, y tras unos muros de acero, plomo y cemento, de metros de espesor, en una estantería y rodeado de muchos otros ingenios tecnológicos se hallaba el buscado chip, que cogió sin que nada se lo impidiera.

Luego siguió buscando en las instalaciones y encontró la máquina en la que se había fabricado el chip, dentro de la que se encontraban las instrucciones necesarias para clonarlo. No había resultado sencillo diseñar aquellas especificaciones, el juego de órdenes ni siquiera los materiales con los que aquel engendro tecnológico se había fabricado, y aunque quedaran datos en bancos de memoria de otras localizaciones, Óscar decidió borrar todo rastro de la existencia de aquel chip de aquellas instalaciones.

Huir fue sencillo, en un instante estaba allí en 2015 y al siguiente estaba en la superficie lunar del año 2041, observando si la Tierra desaparecía o se quedaba inalterada en el espacio.

La Tierra desapareció, al igual que las otras dos veces que Óscar había visto aquel momento, y lloró por no haber sido capaz de eliminar aquel evento histórico como se le había mandado. El llanto le ahogó y fue incapaz de detener el tiempo a su alrededor como la vez anterior. Había fallado. Observó el vacío donde antes había un mundo fértil y en sus manos el chip que suponía todo podría cambiar.

La Tierra reapareció en su misma posición segundos después. Óscar siguió llorando, esta vez de alegría.

Multidimensional (parte II – Luz)

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2 – LUZ

Óscar se despertó, como todos los días, con la alarma de su móvil; sonaba el ‘Eye of the tiger‘ de Survivor, la banda sonora de una película bastante famosa y que le hacía despertarse con mucha energía. Cuando la canción ya había acabado desconectó la alarma y se levantó de la cama de un salto, tiró un par de golpes al aire y desentumeció su cuerpo rápidamente, después dio los pocos pasos que le separaban del baño y se lavó la cara con agua fresca para quedar mirándose cara a cara en el espejo, planificando mentalmente el resto del día y dándose ánimos.

Era el 2 de Noviembre del año 2031.

A las 08:06 de la mañana, y mientras Óscar se miraba al espejo, una canica de luz pura apareció entre su cara y su reflejo, flotando en el aire se acercó a su frente y desde allí comenzó a cubrirle poco a poco, de la cabeza a los pies, convirtiéndolo, a los ojos de cualquier ser que estuviera vigilando aquel instante, en una lámpara, demasiado luminosa, de forma humana. Pero nadie podía estar observando aquello, y si lo hubiera hecho no se hubiera dado cuenta de nada, pues el tiempo había dejado de discurrir.

Óscar seguía sintiendo debajo de aquella capa de luz cegadora como si nada se hubiera detenido, cierto es que no veía su baño, y también que debajo de sus pies había dejado de sentir el firme suelo de fría cerámica, tampoco notaba que su pecho se hinchase para recolectar aire. Sí notaba cientos, miles, de centellas a su alrededor, en la oscuridad de su visión craneal notaba luces, sombras, todas multicolor, peleando unas con otras por llamar su atención, tanto que Óscar comenzó a sentirse embriagado, mareado y se notó caer al vacío, informe y sin ninguna capacidad de mantenerse completo; vagó entre vivas llamas de todos los espectros de la luz, fundiéndose con ellas, siendo ellas, hasta que de nuevo sintió firmeza bajo sus pies, la misma que bajo sus manos y su espalda, se percibió tendido en un agradable suelo de hierba fresca recién regada y no se notó extraño por aquella humedad, la abrazó aun sin ver dónde estaba.

Seguían siendo las 08:06, pero Óscar ya no estaba en su baño.

Milímetro a milímetro Óscar abrió sus ojos, con miedo por no saber dónde se encontraría, con ansia por querer comprender lo que le había ocurrido. Vio un cielo limpio y azul, con nubes ligeras bailando sobre él. También abrió sus aletas nasales dejando que el aire entrara sin restricciones, dándose cuenta del fragante olor a césped recién cortado que se encontraba bajo él, y de la pura limpieza de la atmósfera que respiraba llenándolo de frescor y limpiándolo por dentro en su camino, oxigenándolo como si realmente nunca hubiera respirado antes.

Ante él encontró tres figuras, luminosas, similares pero diferentes, que le miraban con altivez pero con ternura.

—¿Puedes levantarte? —dijo el del medio de ellos, con voz de barítono.

Óscar descifró lo que le decían, aunque no porque comprendiera el idioma en el que le habían hablado, de hecho no conocía ninguna de las palabras que había escuchado, pero sí su significado.

—Sí —pudo decir al final cuando ya se ponía torpemente en pie, mientras que la hierba le hacía cosquillas entre las junturas de los dedos de sus pies desnudos.

Óscar centró mejor su mirada en los tres extraños que se erigían ante él y vio que no eran luz en su totalidad, sino que finas líneas de luz recorrían sus cuerpos, no siempre de la misma intensidad, y que aquella luz reflejada en su brillante piel les convertía, a ojos inexpertos, en seres refulgentes. Se fijó en que el ser situado en el medio era el más alto de los tres por un palmo, y que los otros dos medían lo mismo. Vio que vestían prendas sencillas de un material similar al algodón, con diferentes tonos de gris, quizá buscado, pues no parecían ropas sucias por el uso.

—Te sentirás extraño ahora, pero pronto comprenderás la situación en la que estás —dijo el ser situado a la derecha con voz de tenor.

—No te asustes, somos como tú, aunque un paso, o dos, más avanzados en la evolución —comentó con tranquilidad el situado a la izquierda, que no desentonaba con su grave voz de bajo—. Estás en el año 23151 según vuestra antigua cuenta y te damos la bienvenida a nuestro planeta.

Óscar miro a su alrededor no comprendiendo nada.

—Hemos creído conveniente transmutarte en un ser multidimensional. Te hemos asignado una misión y te adiestraremos para ella de la mejor manera que podamos, pero será solo cosa tuya llevarla a cabo —dijo de nuevo el situado en el medio.

—Soy… Óscar —pudo decir al fin abrumado ante aquella situación tan extraña.

Los tres seres de luz se miraron sin comprender la causa de que su invitado les dijera su nombre, pues ya lo conocían: ellos lo habían llevado allí y sabían perfectamente quién era aunque ciertas sutilezas de los antiguos humanos se les escapaban.

—Yo soy Ïorgs —dijo al fin el ser situado a la izquierda comprendiendo que ellos no se habían presentado aún—. Ellos son Ëlg —comentó indicando con sus gruesos dedos al ser situado a la derecha—, y Alïg —señaló finalmente al más alto de los tres—. Somos los encargados de garantizar la continuidad espacio-temporal de toda la existencia.

Los tres se acercaron más a Óscar, que se sintió rodeado y levantó sus manos para protegerse, creyéndose atacado y con un miedo cerval a lo desconocido. En ese momento tomó por primera vez consciencia de su ser al ver que sus brazos, extendidos ante él, tenían las mismas marcas de luz que había observado en los tres seres que ya lo rodeaban por completo.

Óscar perdió el conocimiento y cayó al mullido suelo, solo que no cayó del todo y fue sostenido en el aire por tres pares de manos suaves y cálidas como una brisa de primavera.

Horas después Óscar se despertó de nuevo, creyendo que todo había sido un imaginativo sueño, pero se encontró tumbado sobre el mismo aire y sintió una ausencia de equilibrio al ver que no se mantenía sobre materia visible. Pronto recuperó la estabilidad y pudo poner los pies, luminosos como sus manos, sobre un suelo que empezó a desplazarlo como si recorriera un pasillo mecánico e invisible.

Se cruzó por el camino con diversos seres, menos luminosos que los tres que había visto anteriormente e incluso menos luminosos que él mismo, y estos agachaban la cabeza a su paso. Óscar no sabía si era por simple desagrado al ser un extraño en aquel lugar o por cierto respeto, pues lo habían rescatado de otro tiempo para completar una misión de la que no sabía nada. Cruzó de pronto un umbral de piedra negra como una noche sin luna ni estrellas y se detuvo en seco, no cayó al suelo por las fuerzas que notó le rodeaban impidiendo accidentes.

—Bienvenido de nuevo —dijo Alïg.

—Ahora comenzaremos con unas lecciones de historia —continuó Ëlg.

—Y también te explicaremos cómo navegar entre las corrientes temporales —finalizó Ïorgs.

Óscar no sabía qué decir a continuación, así que se acercó a los tres, que se apoyaban en un atril de piedra negra como la del umbral, y esperó en silencio.

La sala, que permanecía de un blanco impoluto, a excepción del umbral y el atril, desapareció convirtiéndose en una vista del planeta Tierra en el momento de su desaparición, esfumándose en el espacio sin dejar rastro.

—Los experimentos realizados por la humanidad la destruyeron completamente pocos años después del momento en el que te reclutamos. Tu misión es que esa destrucción no se lleve a cabo —dijo Alïg desvelando por fin la tarea que le iban a encomendar.

Óscar, que veía en bucle una y otra vez cómo la Tierra desaparecía, quedó en shock. Por mucho que le hubieran convertido en cualquier cosa: «en un ser multidimensional» recordó, no sabía como podría llevar a buen puerto aquella loca empresa.

—Creo que os habéis equivocado de persona —dijo finalmente.

—Eres tú quien ha sido elegido, y tú serás el que salga vencedor o vencido —respondió Ëlg.

—Tienes de plazo hasta 2041 —añadió Ïorgs—. Confiamos en ti.

Óscar sabía que no podría hacer nada, aquello era una insensatez enorme, y le decían que confiaban en él. Él mismo no confiaba la mayoría del tiempo en sus propias acciones, así que no sabía cómo otras personas podrían hacerlo.

La sala recuperó su albura, y el más alto de los tres puso sus firmes y luminosas manos, enérgicamente, sobre el atril.

—Lo harás. O perecerás en el intento, junto con toda la humanidad. Es así de simple. ¿Prefieres acaso evaporarte de la existencia sin haber intentado solucionar el problema?

Alïg había tocado la fibra sensible de Óscar. Este siempre había pensado que había tres tipos de personas: productores, mantenedores y comerciantes. Él se consideraba a sí mismo de los segundos, y ahora le proponían mantener, en sentido estricto, a la humanidad viva. No había reto mayor, pues en algún ataque de realidad durante los años anteriores había opinado que sería mejor para el propio planeta que la humanidad se extinguiese, «aunque sólo fuera un poco» como se decía para no parecer tan terrible aquel pensamiento.

—¿Y si el destino es que la Tierra desaparezca? —preguntó.

—No lo es —respondió Ëlg.

—Cambiemos de tema —continuó Ïorgs—. Ya te ha sido explicada tu misión y el plazo, ahora continuaremos explicándote como vas a utilizar tus nuevas capacidades.

»En algún momento perdido, y al que no podemos acceder, nuestra base se fusionó: dejamos de ser formas físicas basadas en el carbono para basarnos también en el silicio, una mezcla insólita, y perfecta. Aquel salto evolutivo nos llevó a poder observar la tridimensionalidad temporal, la que hace poco en tu tiempo se ha demostrado matemáticamente real aunque sin efectos prácticos algunos, todavía.

—Por las líneas de luz que recorren tu cuerpo transcurren varias partículas de las que en vuestro tiempo solo imagináis su existencia y que por alguna razón se consiguieron enclaustrar en cuerpos físicos para su utilización. La luminosidad de cada uno de nosotros se debe en parte a esas partículas, a más densidad más brillante se vuelve uno, y más poder de control tiene sobre el tiempo mismo —dijo de carrerilla Ëlg, como si hubiera memorizado aquella cantinela de pequeño.

»No todo depende de esas partículas, también hay moléculas que desarrollamos endógenamente, y que en realidad son las encargadas de poder controlar la intemporalidad.

—Nosotros, como habrás podido contemplar al cruzarte con otros seres en el camino a esta sala, somos los más luminosos de todos, pues ostentamos el mayor poder posible —comentó con orgullo Alïg—. Ahora se te ha concedido ese privilegio a ti también, aunque no formes parte del grupo de garantes de la continuidad espacio-temporal.

Toda aquella cháchara realmente no le estaba enseñando demasiado a Óscar, que por su cuenta y riesgo intentaba ya desbloquear su potencial, consiguiendo únicamente hacer pequeñas pausas en el tiempo, observando como sus interlocutores se quedaban helados durante escasos segundos con la palabra en la boca y en situación bastante cómica, pero notó que aquello le agotaba ligeramente.

—Te harás más fuerte con la práctica —dijo Ïorgs al ver que ya Óscar estaba descubriendo por su cuenta cómo funcionaban sus nuevas capacidades; era el único de los tres que se había percatado de aquella situación.

Los otros dos miraron sin comprender hasta que Ïorgs les hizo un gesto con la mano, no suponían que alguien con conocimientos limitados como aquel humano pudiera realizar avances solo unos minutos después de haber sido evolucionado. A ellos mismos, que habían nacido de aquella manera, les había costado años de adiestramiento llegar a salir del flujo temporal. Los tres pensaron al mismo tiempo que quizá les costara menos tiempo del planeado educar a aquella primitiva forma de vida de la que dependía toda la misión.

Después de aquella sesión iniciática, dejaron que Óscar descansara y se adecuara a su nueva realidad, lo alimentaron y dejaron que durmiera durante unas pocas horas, lo que no le resultó sencillo por el fulgor de su cuerpo.

A la mañana siguiente lo llamaron de nuevo a la sala y lo acomodaron en una especie de silla-camilla. Allí le introdujeron todo el conocimiento necesario a través de las palmas de las manos, donde más terminaciones lumínicas residían. De los reposabrazos salieron miles de filamentos lumínicos que se fusionaron con la piel, y el flujo de información recorrió todo el cuerpo de Óscar hasta asentarse en las nuevas neuronas cuánticas que se habían generado dentro de su cerebro tras la evolución. El proceso se repitió durante los siguientes días, hasta que la transferencia de conocimiento estuvo completa.

—Ahora ya tienes todo lo que necesitas —dijo Alïg.

—Solo necesitas comenzar a practicar el control espacio-temporal —continuó Ëlg.

—Puede que te… —decía Ïorgs cuando Óscar salió de allí dejando a los tres estupefactos, y aterrados, con la sensación de haber perdido el control en ese mismo instante.

Óscar se hallaba a miles de kilómetros de allí, en las antípodas de aquel planeta, flotando sobre un mar oscuro, de fuerte oleaje y bajo un vendaval y una tormenta que puso a prueba todo su control. Subió después por encima de los nubarrones densos y oscuros hasta ver la luz del Sol, que no reconoció como el suyo propio, y se quedó levitando sobre el planeta, rodeado de una burbuja de atemporalidad que le permitió sobrevivir en el espacio durante un periodo indeterminado.

Multidimensional (parte I – Dimensiones)

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1 – DIMENSIONES

Todos somos creados siendo unidimensionales, algunos seres así se quedan para siempre, por toda la eternidad, otros evolucionan.

Los minerales, rocas, etc. son de los que nunca cambian. Viven su existencia, sin aparente consciencia, en un mismo lugar a no ser que alguna fuerza superior los cambie de posición o ubicación; en un punto fijo y sin la capacidad de cambiar o extenderse más allá.

Las plantas, árboles, vegetales, seres que se alimentan de los anteriores, viven también en un mismo lugar, pero su pulsión vital los lleva a vivir de manera bidimensional, aun ancladas a una misma parcela de terreno fértil, buscan la luz en lo alto y el alimento en lo bajo, ocupan su vida en dos dimensiones por las que se pueden expandir sin demasiados problemas.

Después existen animales con diversos medios motores, que se desplazan tridimensionalmente por el espacio a ellos habilitado: nadan, vuelan, corren, excavan… Tienen la capacidad natural de moverse en los tres ejes, aunque hay especies más desarrolladas que otras para según que medio.

Los humanos pertenecen, pertenecieron, a ese grupo hasta mediados del siglo XIX. Eran simples seres tridimensionales, más desarrollados que los anteriores pero sin mucho más que ver ante sus ojos.

Pero una nueva dimensión se abrió paso: el tiempo. Ya lo conocían, y se movían a través de él siempre hacia delante, aunque sin poseer ningún control sobre el mismo; ni siquiera creían que fuera posible navegar por sus bucles y recodos. Cierta novela abrió los ojos a unos cuantos, podían ver entre las nieblas retazos de lo que creían que era el tiempo: una línea recta que se podría recorrer adelante y atrás; al resto solo los entretuvo.

Y con aquella sensación pasaron casi dos siglos, pensando que el tiempo era la cuarta dimensión, y que a diferencia del espacio, en el que se definían tres dimensiones, el tiempo solo poseía una.

De aquel error se sacó a la humanidad en el año 2027, cuando en el III Congreso Matemático Quinquenal de la ciudad de Armonk (Nueva York), una de las mayores compañías dedicadas a la informática expuso ante el mundo sus descubrimientos. Pese a todo el boato que a la conferencia se le dio apenas un puñado de revistas especializadas le dio propaganda a lo que allí se explicó a la humanidad.

Desde hacía tres décadas, oficialmente, la compañía de las corbatas azules, GZK, había estado experimentando con la informática cuántica y, por ende, con la generación de los apreciados qbits. Un solo procesador con un único qbit podía duplicar la potencia de la computadora, o superordenador, en el que estuviera agregado. Un año antes, en 2026, la compañía había logrado producir el primer y único chip hasta el momento de 128 qbits. Lo añadieron al mayor de sus supercomputadores, y este pasó de los 180000 Tflop/s a la inmensa cifra de 6,12 x 10⁴³ Tflop/s. Algo poco comprensible para la mayoría de los humanos, pero que se podría resumir de una manera mucho más mundana de la siguiente manera: si para romper la encriptación del handshake de una WiFi común se tardaría, con un ordenador normal, entre 70 y 80 años de proceso constante y utilizando el método de la fuerza-bruta, añadiendo a la ecuación una ingente cantidad de energía consumida; con aquella nueva máquina se tardarían apenas un par de segundos.

Pero los científicos que gestionaban aquella excelsa maquinaria, el culmen de la técnica humana hasta aquel momento, la utilizaron para otros fines, afortunadamente. Descifraron habilidades nuevas del genoma, desarrollaron nuevos materiales y aumentaron drásticamente la eficiencia energética con solo unos meses de consumo de procesador que con la máquina antigua hubiera llevado milenios. Avanzaron tanto que se quedaron sin proyectos en los que aplicar aquella descomunal potencia e incluso pensaron en apagar la máquina hasta que algún problema interesante les fuera planteado.

El problema deseado llegó: el tiempo y sus dimensiones.

Y en aquel Congreso se hicieron públicos los descubrimientos. La máquina había llegado a la conclusión de que el tiempo, al igual que el espacio, constaba de tres dimensiones matemáticamente demostrables. Hubo revuelo, excitación, e incluso miedo por aquellas revelaciones. Pero en realidad, aquel hallazgo pasó desapercibido para el común de los mortales.

Prime Reading

Hace unos meses me llegó la propuesta para incluir El Consejo: Conocimiento en el futuro Prime Reading que se iba a desplegar en España. Todo muy confidencial y pidiendo que no se comentase a nadie, con las condiciones en las que funcionaría el servicio detalladas y lo que yo iba a ganar con ello.

Comentaban que se iban a seleccionar unos 500 libros y que la anexión al catálogo dura 6 meses; no me hizo falta hacer cálculos para ver que si lo metía salía ganando porque, no nos vamos a engañar, no es que esté publicitando ni vendiendo muchas copias.

Así que acepté.

Y el día 30 de Mayo se puso en marcha Prime Reading en España, con 537 títulos en alquiler. Digo alquiler porque cuando sale el libro del programa se pierde de tu suscripción, además de que solo puedes tener 10 libros activos a la vez.

Personalmente creo que es una buena plataforma, diferente a Kindle Unlimited, y que han añadido a las ventajas de Prime, seguramente para ampliar su valor y su precio en el futuro, pero aun así es una buena iniciativa.

En cuanto a los títulos, tengo que decir que hay libros bastante buenos que he leído, obras de Neil Gaiman, de J.K. Rowling, y entre ellos mi primera novela.

El Consejo: ConocimientoEspero que los que aún no la habéis leído aprovechéis la oportunidad, y si os gusta… le deis un tiento a la continuación, El Consejo: Habilidad.

Por cierto… ya estoy trabajando en el final de la trilogía.

I don’t

Hoy os traigo algo diferente, muy diferente. Escribir no trata solo de hacer novelas, relatos u otro tipo de textos; hay otras cosas que se pueden escribir: haikus, reflexiones, poesías o canciones.

De eso último va el artículo de hoy, de una canción, y además escrita en otro idioma: en inglés. Seguro que tiene errores, pero está en bruto, como yo. También hay una melodía, pero no os castigaré los oídos con ella, me la guardo solo para mí; aunque os aburriré un poco más con los detalles: ¿por qué escribir una canción?

Bueno, anoche (es domingo cuando escribo esto) el Real Madrid ganó la 13ª Copa de Europa, me gusta ver este tipo de partidos solo y ya no salgo a celebrar las victorias, pero no podía dormir y me puse un documental en Netflix, uno de George Harrison, duró hasta las 1000. Me he despertado con ganas de sacarme una canción de la manga, o de la cabeza, o del pecho, y esto es lo que ha salido.

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Crónicas del fin (III-IV-V)

Creo que es la primera vez que voy a juntar reseñas de tres libros en un solo artículo; eso lo hago porque son las tres últimas partes de lo que, si no ha salido ya, será un único volumen.

Hoy voy a hablar de Testamento, El ojo de la tormenta y Réquiem, las partes 3, 4 y 5 de Crónicas del Fin, escritas por Gabriella Campbell y Jose Antonio Cotrina.

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La especie elegida

Entre los libros que leo a lo largo del año siempre me gusta colar uno que sea de divulgación, algo que se escape a la norma; este año elegí La especie elegida de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez dando una vuelta por la planta de libros de una conocida tienda de la calle Preciados.

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Las tres creaciones insólitas de Klant Woss

Por diversas razones he estado un tiempo sin poder actualizar la página, pero eso no significa que haya dejado de leer los libros que me llegan de una manera u otra.

Hoy voy a hablar de Las tres creaciones insólitas de Klant Woss, escrito por David Wern.

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Flechas

FLECHAS

Había perdido la capacidad de enamorarse, y no era una cuestión baladí. Cualquiera, de esos que no saben de qué hablan, podría decir que las flechas del carcaj, destinadas a conectarle con su pareja ideal, se habían acabado hacía años; y que la mayoría de los tiros habían sido errados.

De ahí que la vida de nuestro protagonista navegara en un viaje de ida sin vuelta hacia la soledad. Este viaje era aderezado con momentos, proporcionalmente escasos, de brillo. Esto ocurría cuando se reunía con los pocos, y buenos, amigos que tenía.

Quizá había empezado a muy temprana edad a enamorarse, eso es lo que él siempre pensó, aunque era totalmente un sinsentido. No el hecho de que fuera muy joven, que lo era, cuando por primera vez se quedó embelesado mirando los ojos azul claro de una compañera del colegio.

Aquel día estaba en el recreo comiéndose un bollo, probablemente un Phoskitos, serían sobre las 11 de la mañana. Todo el mundo jugaba, al balón, al látigo o al tú la llevas. El tiempo da igual como estuviera; con apenas 11 años, moviéndote y corriendo, nunca tienes frío ni calor, eres ajeno a la temperatura. Pudiera ser que fuera un día soleado, no con un sol radiante pero sí lo suficiente como para que este se reflejara con fuerza en los cabellos rubios de la primera niña por la que él se interesó.

Está claro que él no sabía que esa sensación de estar durante una eternidad mirando dentro de sus ojos, mientras que solo pasaba un segundo en el tiempo real, era amor. Para él fue un momento raro, de ebullición, de no saber qué hacer, de dudar si acercarse a ella, entre el grupo de las chicas, o salir corriendo. Nadie te explica qué hacer en una situación así.

Intentó pasarlo por alto, seguir con el bollo y el balón, continuar jugando con su grupo de camaradas del recreo. Pero hay veces que la cabeza no tiene la suficiente fuerza, tengas la edad que tengas, y has de seguir al corazón.

Fue a hablar con ella y repitió la misma rutina durante los recreos del resto de la semana. Para el lunes siguiente todo había pasado; a la velocidad con la que ocurre todo a los 11 años, un enamoramiento de una semana es mucho. Al fin había pasado aquella sensación extraña. Podría de nuevo seguir jugando y haciendo el bestia en los recreos sin distracciones femeninas.

Creyó que no volvería a ocurrir, pobre iluso. Lejos de acabar, todo había empezado. Dos años después, durante la primavera, volvió a pasar.

De nuevo ese viaje a velocidad de caracol por el tiempo. Un encuentro fortuito y eterno, pupila con pupila con una compañera que había empezado en el colegio ese mismo año. Otra vez las mismas e incontrolables sensaciones. Intentó de nuevo centrarse en otras cosas, dejarlo correr. Difícil misión.

Escribió unas rimas pobres y escasas, poesía lo llamó él, y las guardó. El error fue enseñarla, la poesía, a su mejor amigo del grupo.

Las rimas acabaron, como por arte de magia, en manos de aquella niña de pelo negro y ojos castaños, de risa fácil y movimiento grácil. Se había desatado un huracán. En un segundo se arremolinaron alrededor de nuestro amigo enamorado todas las niñas de la clase, cogiéndole por los brazos mientras que Elena, que así se llamaba la niña objetivo de su juvenil amor, se acercó y le habló en tono muy serio.

—Cierra los ojos y abre la boca.

Ante tal orden, nuestro apresado protagonista intentó soltarse y huir, pero no le resultó fácil al estar agarrado por varias niñas de cada brazo.

—No te preocupes, que no te voy a dar un beso —dijo ella de nuevo.

En aquel momento pensó que si no le iban a dar un beso, lo cual ya era una sucia perspectiva en aquellos momentos, le iban a hacer comerse el papel. Así que se soltó como pudo y salió por piernas. En el recreo del día siguiente nadie se acordaba de nada, el lamentable episodio había acabado. Siguió echándole miradas a la niña de cuando en cuando, pero pronto los efluvios de este segundo enamoramiento pasaron.

Desde ese momento y hasta el segundo año de instituto nada reseñable ocurrió: una chica del pueblo, otra del barrio, cosas sin importancia, sin la sensación de estar pensando a cada momento en ella. Nimiedades al lado de lo que ya había vivido.

Ese momento, ya siendo un quinceañero, fue crucial en lo que tendría que venir.

Volvió a enamorarse. Cayó en viejos errores del pasado, pero acrecentados. Cuando la miraba era incapaz de pensar con claridad; sus ojos marrones, la coleta con la que recogía su pelo, su cintura. No paraba de dibujarla en cualquier parte, con lápiz, bolígrafo o con hilos de aire; tal era su enamoramiento. Cada vez que la miraba se le encogía el estómago, cada vez que hablaba con ella le costaba la misma vida prestar atención a las palabras sin distraerse en su mirada.

Como he dicho, volvió a cometer errores, eso siempre pasa. Le escribió una poesía, más elaborada que la anteriormente mencionada. No contento con guardarla, se la entregó en mano el día de las notas de navidad. Fue un error estratégico garrafal, puesto que hasta la vuelta de vacaciones no volvería a verla. El día era frío, como suele ocurrir en diciembre, y mientras que todos comparaban las notas y jugaban con botes de espuma, serpentina o petardos, se acercó a ella.

—Toma Esther. Léelo dentro de un rato.

Y se marchó a casa dejándola con un papel azul, con rimas del tipo “…si te pierdes en el bosque yo por ti me perdería, si te hundes en el mar yo por ti me sumergiría…”.

A la vuelta de las vacaciones, ella le entregó una carta. Al leerla se le rompió un poco el corazón, fue la primera vez que le hicieron daño de verdad. Con buenas palabras le dijeron la frase que nadie querría oír o leer de la persona con la que se quiere tener un futuro, aunque sea a los quince años.

—Podemos ser amigos, pero nada más.

Después de aquello se recompuso como buenamente pudo. Un corazón joven cura rápido, aunque siempre quedan rastros de la cicatriz. Podría decirse que un corazón se cura como un hueso roto, suelda y crea callo, es más difícil de romper por el mismo sitio. El problema suele venir cuando te lo rompen muchas veces, al final el callo es de cemento armado y es complicado sentir algo bonito por otra persona, por mucho que se intente.

Durante un tiempo, de duelo por el amor caído, nuestro amigo no quiso sentir nada, no amó a nadie; triste manera de vivir. Por fortuna, eventualmente volvió a sentir algo dentro del pecho, y como suele ocurrir, de manera inesperada. Poco al principio, como un gato que no sabe bien si el agua es buena o mala, y empieza acercado con temor una pata. Conoció a buenas, y no tan buenas, chicas y aprendió en el camino, de aquí para allá, jugando con las cartas que le habían tocado, aunque durante ese tiempo nada demasiado reseñable ocurrió.

Un día, sin embargo, recibió un correo electrónico de una amiga hablándole de una chica a la que solo conocía por internet, y únicamente por su nick. Algo de magia debió ocurrir, porque no le hacía falta tenerla cerca, mirarla u oírla para saber que estaba enamorado. Aquello fue un enamoramiento meramente intelectual, puesto que la distancia entre ambos era de varios cientos de kilómetros.

Durante semanas compartieron conversaciones hasta que intentaron coincidir un fin de semana a medio camino. Ya conocían sus voces, sus caras, e incluso otras partes de sus cuerpos en la distancia. Mientras que conducía, a primera hora de la mañana de un sábado de mayo, no podía dejar de pensar en ella. En el coche sonaban canciones como Madrid Barcelona de Tontxu o Y ahora de Manuel Carrasco. Puro pasteleo, dieta blanda musical para un momento de mucha tensión sentimental.

Sin entrar en detalles, ese fin de semana fue agradable.

Pero los designios del amor, y más cuando la distancia se hace presente, suelen llevar a errores, malentendidos y problemas varios. El dolor volvió a llegar y tardó más en diluirse que otras veces. Se dijo que no quería volver a enamorarse.

No sabía, y aún hoy no sabe, que sobre eso los humanos no tenéis ningún control. Acababa de cumplir 25 años y deseaba no volver a enamorarse. Lo ha conseguido durante un tiempo, pero nada es para siempre.

Antes he dicho que había perdido la capacidad de enamorarse, sería mas certero decir que la había olvidado a fuerza de deseo y obcecación por no volver a sufrir.

Ahora está en la calle, la lluvia fina de la mañana ha dejado su lugar a una tarde soleada. Ha salido a pasear para estirar las piernas un poco y separarse de las pantallas que inundan su vida.

A unos cien metros camina distraída un mujer joven, pelirroja, vestida de manera elegante con falda negra, zapatos de tacón fino y una blusa de seda color azul celeste.

Él va con vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta bastante usada.

Son perfectos el uno para el otro aunque ninguno de los dos lo sepa. Ahora os dejo, voy a hacer mi trabajo. Aún me queda alguna flecha en la aljaba y este es un buen momento para probar puntería.

Carcaj