Flechas

FLECHAS

Había perdido la capacidad de enamorarse, y no era una cuestión baladí. Cualquiera, de esos que no saben de qué hablan, podría decir que las flechas del carcaj, destinadas a conectarle con su pareja ideal, se habían acabado hacía años; y que la mayoría de los tiros habían sido errados.

De ahí que la vida de nuestro protagonista navegara en un viaje de ida sin vuelta hacia la soledad. Este viaje era aderezado con momentos, proporcionalmente escasos, de brillo. Esto ocurría cuando se reunía con los pocos, y buenos, amigos que tenía.

Quizá había empezado a muy temprana edad a enamorarse, eso es lo que él siempre pensó, aunque era totalmente un sinsentido. No el hecho de que fuera muy joven, que lo era, cuando por primera vez se quedó embelesado mirando los ojos azul claro de una compañera del colegio.

Aquel día estaba en el recreo comiéndose un bollo, probablemente un Phoskitos, serían sobre las 11 de la mañana. Todo el mundo jugaba, al balón, al látigo o al tú la llevas. El tiempo da igual como estuviera; con apenas 11 años, moviéndote y corriendo, nunca tienes frío ni calor, eres ajeno a la temperatura. Pudiera ser que fuera un día soleado, no con un sol radiante pero sí lo suficiente como para que este se reflejara con fuerza en los cabellos rubios de la primera niña por la que él se interesó.

Está claro que él no sabía que esa sensación de estar durante una eternidad mirando dentro de sus ojos, mientras que solo pasaba un segundo en el tiempo real, era amor. Para él fue un momento raro, de ebullición, de no saber qué hacer, de dudar si acercarse a ella, entre el grupo de las chicas, o salir corriendo. Nadie te explica qué hacer en una situación así.

Intentó pasarlo por alto, seguir con el bollo y el balón, continuar jugando con su grupo de camaradas del recreo. Pero hay veces que la cabeza no tiene la suficiente fuerza, tengas la edad que tengas, y has de seguir al corazón.

Fue a hablar con ella y repitió la misma rutina durante los recreos del resto de la semana. Para el lunes siguiente todo había pasado; a la velocidad con la que ocurre todo a los 11 años, un enamoramiento de una semana es mucho. Al fin había pasado aquella sensación extraña. Podría de nuevo seguir jugando y haciendo el bestia en los recreos sin distracciones femeninas.

Creyó que no volvería a ocurrir, pobre iluso. Lejos de acabar, todo había empezado. Dos años después, durante la primavera, volvió a pasar.

De nuevo ese viaje a velocidad de caracol por el tiempo. Un encuentro fortuito y eterno, pupila con pupila con una compañera que había empezado en el colegio ese mismo año. Otra vez las mismas e incontrolables sensaciones. Intentó de nuevo centrarse en otras cosas, dejarlo correr. Difícil misión.

Escribió unas rimas pobres y escasas, poesía lo llamó él, y las guardó. El error fue enseñarla, la poesía, a su mejor amigo del grupo.

Las rimas acabaron, como por arte de magia, en manos de aquella niña de pelo negro y ojos castaños, de risa fácil y movimiento grácil. Se había desatado un huracán. En un segundo se arremolinaron alrededor de nuestro amigo enamorado todas las niñas de la clase, cogiéndole por los brazos mientras que Elena, que así se llamaba la niña objetivo de su juvenil amor, se acercó y le habló en tono muy serio.

—Cierra los ojos y abre la boca.

Ante tal orden, nuestro apresado protagonista intentó soltarse y huir, pero no le resultó fácil al estar agarrado por varias niñas de cada brazo.

—No te preocupes, que no te voy a dar un beso —dijo ella de nuevo.

En aquel momento pensó que si no le iban a dar un beso, lo cual ya era una sucia perspectiva en aquellos momentos, le iban a hacer comerse el papel. Así que se soltó como pudo y salió por piernas. En el recreo del día siguiente nadie se acordaba de nada, el lamentable episodio había acabado. Siguió echándole miradas a la niña de cuando en cuando, pero pronto los efluvios de este segundo enamoramiento pasaron.

Desde ese momento y hasta el segundo año de instituto nada reseñable ocurrió: una chica del pueblo, otra del barrio, cosas sin importancia, sin la sensación de estar pensando a cada momento en ella. Nimiedades al lado de lo que ya había vivido.

Ese momento, ya siendo un quinceañero, fue crucial en lo que tendría que venir.

Volvió a enamorarse. Cayó en viejos errores del pasado, pero acrecentados. Cuando la miraba era incapaz de pensar con claridad; sus ojos marrones, la coleta con la que recogía su pelo, su cintura. No paraba de dibujarla en cualquier parte, con lápiz, bolígrafo o con hilos de aire; tal era su enamoramiento. Cada vez que la miraba se le encogía el estómago, cada vez que hablaba con ella le costaba la misma vida prestar atención a las palabras sin distraerse en su mirada.

Como he dicho, volvió a cometer errores, eso siempre pasa. Le escribió una poesía, más elaborada que la anteriormente mencionada. No contento con guardarla, se la entregó en mano el día de las notas de navidad. Fue un error estratégico garrafal, puesto que hasta la vuelta de vacaciones no volvería a verla. El día era frío, como suele ocurrir en diciembre, y mientras que todos comparaban las notas y jugaban con botes de espuma, serpentina o petardos, se acercó a ella.

—Toma Esther. Léelo dentro de un rato.

Y se marchó a casa dejándola con un papel azul, con rimas del tipo “…si te pierdes en el bosque yo por ti me perdería, si te hundes en el mar yo por ti me sumergiría…”.

A la vuelta de las vacaciones, ella le entregó una carta. Al leerla se le rompió un poco el corazón, fue la primera vez que le hicieron daño de verdad. Con buenas palabras le dijeron la frase que nadie querría oír o leer de la persona con la que se quiere tener un futuro, aunque sea a los quince años.

—Podemos ser amigos, pero nada más.

Después de aquello se recompuso como buenamente pudo. Un corazón joven cura rápido, aunque siempre quedan rastros de la cicatriz. Podría decirse que un corazón se cura como un hueso roto, suelda y crea callo, es más difícil de romper por el mismo sitio. El problema suele venir cuando te lo rompen muchas veces, al final el callo es de cemento armado y es complicado sentir algo bonito por otra persona, por mucho que se intente.

Durante un tiempo, de duelo por el amor caído, nuestro amigo no quiso sentir nada, no amó a nadie; triste manera de vivir. Por fortuna, eventualmente volvió a sentir algo dentro del pecho, y como suele ocurrir, de manera inesperada. Poco al principio, como un gato que no sabe bien si el agua es buena o mala, y empieza acercado con temor una pata. Conoció a buenas, y no tan buenas, chicas y aprendió en el camino, de aquí para allá, jugando con las cartas que le habían tocado, aunque durante ese tiempo nada demasiado reseñable ocurrió.

Un día, sin embargo, recibió un correo electrónico de una amiga hablándole de una chica a la que solo conocía por internet, y únicamente por su nick. Algo de magia debió ocurrir, porque no le hacía falta tenerla cerca, mirarla u oírla para saber que estaba enamorado. Aquello fue un enamoramiento meramente intelectual, puesto que la distancia entre ambos era de varios cientos de kilómetros.

Durante semanas compartieron conversaciones hasta que intentaron coincidir un fin de semana a medio camino. Ya conocían sus voces, sus caras, e incluso otras partes de sus cuerpos en la distancia. Mientras que conducía, a primera hora de la mañana de un sábado de mayo, no podía dejar de pensar en ella. En el coche sonaban canciones como Madrid Barcelona de Tontxu o Y ahora de Manuel Carrasco. Puro pasteleo, dieta blanda musical para un momento de mucha tensión sentimental.

Sin entrar en detalles, ese fin de semana fue agradable.

Pero los designios del amor, y más cuando la distancia se hace presente, suelen llevar a errores, malentendidos y problemas varios. El dolor volvió a llegar y tardó más en diluirse que otras veces. Se dijo que no quería volver a enamorarse.

No sabía, y aún hoy no sabe, que sobre eso los humanos no tenéis ningún control. Acababa de cumplir 25 años y deseaba no volver a enamorarse. Lo ha conseguido durante un tiempo, pero nada es para siempre.

Antes he dicho que había perdido la capacidad de enamorarse, sería mas certero decir que la había olvidado a fuerza de deseo y obcecación por no volver a sufrir.

Ahora está en la calle, la lluvia fina de la mañana ha dejado su lugar a una tarde soleada. Ha salido a pasear para estirar las piernas un poco y separarse de las pantallas que inundan su vida.

A unos cien metros camina distraída un mujer joven, pelirroja, vestida de manera elegante con falda negra, zapatos de tacón fino y una blusa de seda color azul celeste.

Él va con vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta bastante usada.

Son perfectos el uno para el otro aunque ninguno de los dos lo sepa. Ahora os dejo, voy a hacer mi trabajo. Aún me queda alguna flecha en la aljaba y este es un buen momento para probar puntería.

Carcaj

Silencio

Silencio

Saber dónde vivía Carlos tiene poca importancia ya, podríamos decir que residía en una calle normal de un barrio normal. Vivía solo, en el segundo piso de un edificio de tres alturas cuya planta baja ocupaba un local vacío; todos los locales de aquella calle, menos un par de ellos, estaban desocupados. Carlos era un tipo normal, con un oficio respetable, saludaba por la calle a quien conocía y cumplía las normas establecidas como todo buen ciudadano. La única característica que diferenciaba a Carlos del resto era la hipersensibilidad al ruido con la que había nacido, peculiaridad denominada hiperacusia, y que le hacía tener que dormir con tapones, ir por la calle con auriculares o tener ajustados todos los volúmenes de su casa al mínimo. También tenía los brazos algo más largos de lo normal y los ojos un poco más juntos de lo razonable, pero tales detalles no vienen al caso.

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Sancho

Sancho

Sancho había tenido una larga vida. Había vivido en lo alto del cerro Calderico ciento setenta años y desde allí había contemplado parte de la historia reciente; acompañado por sus hermanos y vigilado por el centenario castillo de la Muela había pasado por guerras, hambrunas e inundaciones, y aún permanecía entero y se mantenía en forma.

Aunque ya no mascaba cereales a diario, en largas jornadas de labor, sus cuatro pelos de loneta y madera eran puestos en marcha año tras año, golpeados por el viento reinante, para hacer una fina harina que era repartida por el mundo, en pequeños sacos de lino, gracias a los que visitaban aquella ocasión especial.

No pasaba solitario y desatendido el resto de días del año, pues humanos y máquinas lo visitaban para hacerse retratos frente a sus blancas paredes o cogiendo el mástil que dirigía sus aspas a fuerza de músculo.

Con el viento, su más íntimo amigo, que siempre lo acompañaba, lo acariciaba de manera sutil y se colaba por sus rendijas y grutas de ratón, enviaba mensajes a sus hermanos y obtenía respuestas de ellos; cuando de buen humor estaban.

—Hoy no dicen nada —comentó el viento de pasada—. Están con sus manías de viejo y no quieren responder a mis requiebros. Han visto las nuevas lonetas que te van a instalar y los celos y su orgullo no los permiten hablar —finalizó el viento al alejarse ya del molino.

—Otro día será —respondió este con un ligero movimiento de la rueda catalina, bloqueada y con el freno echado—. Siempre pasa igual, en dos o tres días volverán a hablar, cuando sufran con mis quebrantos al recordar los suyos propios del pasado.

Fugaz

Fugaz

Una noche como otra cualquiera,

en un bar tomando una cerveza,

hasta que esa morena belleza,

apareció haciendo…

Los versos no salían, pero no podía dejar de pensar en ella. La había conocido hacía escasas 48 horas, no se le iba de la cabeza. Era la cara más bonita que había visto en mucho tiempo, aunque había un problema: no podía recordarla.

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La muerte de Blanca Navidad

La muerte de Blanca Navidad

Me llamo Emilio, en mi DNI pone que tengo 40 años, pero me siento mucho más viejo, cada día más. Me dedico a un sector en el que no se pueden tener amistades ni relaciones duraderas, y en el que no creo que dure mucho más tiempo; tarde o temprano o te jubilas o te jubilan, supongo que pasa lo mismo en otras líneas de trabajo.

Hace unas horas que salí de trabajar pero me encargaron un trabajo extra. Como tenía algo de tiempo antes de tener que completarlo me vestí con unos vaqueros cómodos, una camisa verde oscuro y mi ajada cazadora de cuero marrón, salí a disfrutar la noche.

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Tumbado

Tumbado

Después de quince minutos de lucha, al final, acabé con ella.

Al principio no quería que la situación terminara así, pero mientras más intentaba que se fuera, procurando no hacerla daño, más se quedaba; más adentro de la habitación se movía.

Era pequeña, o grande, no sé muy bien cuál será el tamaño estándar para una salamanquesa, ésta medía unos 10 o 12 centímetros de piel gris pardusco con pequeños bultos de color negro recorriendo todo su cuerpo. Sus ojos también eran negros, estaban a los lados de su cabeza achatada y triangular y parecían estar prestando atención a todo lo que ocurría en aquella habitación de hotel, de paredes cubiertas con papel azul claro y detalles marrones. Su cola no se movía un ápice para mantener la vertical en la pared sin riesgo de desprenderse al suelo.

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El gato, las galletas y el botijo

El gato, las galletas y el botijo

Sobre todo, lo que más suele pasar cuando te encuentras en una calle oscura una noche de lluvia, es que te asustes ligeramente si de repente se te cruza algún animal, como una rata o un gato; si éste además te habla, el susto es morrocotudo.

Eso me pasó a mí hará unas dos semanas, y desde entonces no he sido capaz de vivir un día normal. El hecho de cruzarme con un gato, como fue el caso, y que éste me hablara, ya supuso que me preguntara por mi propia salud mental; los hechos que ocurrieron a continuación, me trajeron al momento y al lugar en el que me encuentro ahora.

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Olor a lápiz

Olor a lápiz

El olor a lápiz, a madera recién afilada que muestra su corazón de grafito, me lleva inmediatamente a la silla de la escuela, con patas de metal pintado de verde, con respaldo y asiento amarillos, a la mesa pintada de manera similar, con su bandeja de varillas color marrón, al aula en la que había pasado los primeros años de aprendizaje en mi infancia.

Vuelvo a estar allí, frente a la pizarra, con una tiza blanca entre los dedos, intentando dibujar los ríos que riegan y dan vida a la península, indicando dónde nacen y dónde van a descansar.

Frente a mí, los compañeros de la niñez, con los que había jugado al fútbol y a la peonza, con los que había tirado piedras y petardos y con los que había compartido trastadas y huidas. No habían cambiado, tampoco yo.

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Jurado popular

Jurado popular

Venid nietos, que hoy toca una historia de terror, con las que tanto os divertís pese a las pesadillas que os generan. La historia que os voy a contar ocurrió hace unas décadas, en los albores de las redes sociales, cuando compartir cultura era una moda, mucho antes de que la industria cortara de raíz las ansias que teníamos algunos de crear cosas, por el simple hecho de crearlas y compartirlas.

Por aquellos años eran habituales los concursos para noveles. De cualquier tipo: pintura, fotografía, escritura, etc. Yo no era especialmente bueno en ninguna de esas artes, pero aun así me gustaba participar. Compartir ideas mejor o peor desarrolladas hacía que me sintiera bien, más allá de poder conseguir premios, respeto o reconocimiento.

Esta historia en concreto nos sitúa en la primera década del siglo XXI. El concurso era de escritura del género de terror, lo cual hizo que muchas gentes de mente enferma o demasiado imaginativa y cruel presentaran sus relatos. El vencedor del concurso se fallaría por votación popular y los propios escritores del concurso decidirían quien sería el ganador, lo cual dotaba de cierto valor al mejor relato del concurso.

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