Sancho

Sancho

Sancho había tenido una larga vida. Había vivido en lo alto del cerro Calderico ciento setenta años y desde allí había contemplado parte de la historia reciente; acompañado por sus hermanos y vigilado por el centenario castillo de la Muela había pasado por guerras, hambrunas e inundaciones, y aún permanecía entero y se mantenía en forma.

Aunque ya no mascaba cereales a diario, en largas jornadas de labor, sus cuatro pelos de loneta y madera eran puestos en marcha año tras año, golpeados por el viento reinante, para hacer una fina harina que era repartida por el mundo, en pequeños sacos de lino, gracias a los que visitaban aquella ocasión especial.

No pasaba solitario y desatendido el resto de días del año, pues humanos y máquinas lo visitaban para hacerse retratos frente a sus blancas paredes o cogiendo el mástil que dirigía sus aspas a fuerza de músculo.

Con el viento, su más íntimo amigo, que siempre lo acompañaba, lo acariciaba de manera sutil y se colaba por sus rendijas y grutas de ratón, enviaba mensajes a sus hermanos y obtenía respuestas de ellos; cuando de buen humor estaban.

—Hoy no dicen nada —comentó el viento de pasada—. Están con sus manías de viejo y no quieren responder a mis requiebros. Han visto las nuevas lonetas que te van a instalar y los celos y su orgullo no los permiten hablar —finalizó el viento al alejarse ya del molino.

—Otro día será —respondió este con un ligero movimiento de la rueda catalina, bloqueada y con el freno echado—. Siempre pasa igual, en dos o tres días volverán a hablar, cuando sufran con mis quebrantos al recordar los suyos propios del pasado.

Fugaz

Fugaz

Una noche como otra cualquiera,

en un bar tomando una cerveza,

hasta que esa morena belleza,

apareció haciendo…

Los versos no salían pero no podía dejar de pensar en ella. La había conocido hacía escasas 48 horas, no se le iba de la cabeza. Era la cara más bonita que había visto en mucho tiempo, aunque había un problema, no podía recordarla.

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La muerte de Blanca Navidad

La muerte de Blanca Navidad

Me llamo Emilio, en mi DNI pone que tengo 40 años, pero me siento mucho más viejo, cada día más. Me dedico a un sector en el que no se pueden tener amistades ni relaciones duraderas, y en el que no creo que dure mucho más tiempo; tarde o temprano o te jubilas o te jubilan, supongo que pasa lo mismo en otras líneas de trabajo.

Hace unas horas que salí de trabajar pero me encargaron un trabajo extra. Como tenía algo de tiempo antes de tener que completarlo me vestí con unos vaqueros cómodos, una camisa verde oscuro y mi ajada cazadora de cuero marrón, salí a disfrutar la noche.

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Tumbado

Tumbado

Después de quince minutos de lucha, al final, acabé con ella.

Al principio no quería que la situación terminara así, pero mientras más intentaba que se fuera, procurando no hacerla daño, más se quedaba; más adentro de la habitación se movía.

Era pequeña, o grande, no sé muy bien cuál será el tamaño estándar para una salamanquesa, ésta medía unos 10 o 12 centímetros de piel gris pardusco con pequeños bultos de color negro recorriendo todo su cuerpo. Sus ojos también eran negros, estaban a los lados de su cabeza achatada y triangular y parecían estar prestando atención a todo lo que ocurría en aquella habitación de hotel, de paredes cubiertas con papel azul claro y detalles marrones. Su cola no se movía un ápice para mantener la vertical en la pared sin riesgo de desprenderse al suelo.

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El gato, las galletas y el botijo

El gato, las galletas y el botijo

Sobre todo, lo que más suele pasar cuando te encuentras en una calle oscura una noche de lluvia, es que te asustes ligeramente si de repente se te cruza algún animal, como una rata o un gato; si éste además te habla, el susto es morrocotudo.

Eso me pasó a mí hará unas dos semanas, y desde entonces no he sido capaz de vivir un día normal. El hecho de cruzarme con un gato, como fue el caso, y que éste me hablara, ya supuso que me preguntara por mi propia salud mental; los hechos que ocurrieron a continuación, me trajeron al momento y al lugar en el que me encuentro ahora.

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Olor a lápiz

Olor a lápiz

El olor a lápiz, a madera recién afilada que muestra su corazón de grafito, me lleva inmediatamente a la silla de la escuela, con patas de metal pintado de verde, con respaldo y asiento amarillos, a la mesa pintada de manera similar, con su bandeja de varillas color marrón, al aula en la que había pasado los primeros años de aprendizaje en mi infancia.

Vuelvo a estar allí, frente a la pizarra, con una tiza blanca entre los dedos, intentando dibujar los ríos que riegan y dan vida a la península, indicando dónde nacen y dónde van a descansar.

Frente a mí, los compañeros de la niñez, con los que había jugado al fútbol y a la peonza, con los que había tirado piedras y petardos y con los que había compartido trastadas y huidas. No habían cambiado, tampoco yo.

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Jurado popular

Jurado popular

Venid nietos, que hoy toca una historia de terror, con las que tanto os divertís pese a las pesadillas que os generan. La historia que os voy a contar ocurrió hace unas décadas, en los albores de las redes sociales, cuando compartir cultura era una moda, mucho antes de que la industria cortara de raíz las ansias que teníamos algunos de crear cosas, por el simple hecho de crearlas y compartirlas.

Por aquellos años eran habituales los concursos para noveles. De cualquier tipo: pintura, fotografía, escritura, etc. Yo no era especialmente bueno en ninguna de esas artes, pero aun así me gustaba participar. Compartir ideas mejor o peor desarrolladas hacía que me sintiera bien, más allá de poder conseguir premios, respeto o reconocimiento.

Esta historia en concreto nos sitúa en la primera década del siglo XXI. El concurso era de escritura del género de terror, lo cual hizo que muchas gentes de mente enferma o demasiado imaginativa y cruel presentaran sus relatos. El vencedor del concurso se fallaría por votación popular y los propios escritores del concurso decidirían quien sería el ganador, lo cual dotaba de cierto valor al mejor relato del concurso.

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